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Los secretos mejor guardados de los fuegos artificiales del puerto de Alicante: así logran cada explosión perfecta

Lo que parece magia en el cielo durante el concurso de fuegos artificiales de Alicante es fruto de fórmulas secretas, software de precisión y siglos de historia

La Pirotecnia Fuegos Artificiales del Mediterráneo deslumbra el cielo de Alicante

La Pirotecnia Fuegos Artificiales del Mediterráneo deslumbra el cielo de Alicante / Alex Domínguez

C. Suena

C. Suena

Explotan, brillan, dibujan figuras imposibles y desaparecen antes de que puedas reaccionar. Los fuegos artificiales son uno de esos espectáculos que se sienten más que se entienden. Pero detrás de cada explosión hay algo más que ruido y color: hay ciencia, fórmulas químicas secretas, coreografías milimétricas… y, por qué no decirlo, una pizca de locura bien medida.

Si esta semana has levantado la vista por la noche desde la playa del Postiguet o el Castillo de Santa Bárbara, seguro te ha estallado el corazón (y los oídos): el cielo de Alicante está en llamas... de pura magia pirotécnica. El Concurso de Fuegos Artificiales de Alicante, que este año se dispara desde la pasarela volada del puerto, vuelve a convertir las noches de verano en un espectáculo de luz, ruido y emoción. Pero… ¿alguna vez te has preguntado cómo funciona todo esto?

Lo que para el público es una noche mágica, para los pirotécnicos es el resultado de semanas (o meses) de preparación. ¿Cómo consiguen que cada estallido tenga ese color tan preciso? ¿Qué hay dentro de esas bolas que vuelan y revientan en el aire? ¿Cómo logran que todo encaje al compás de la música?

Hoy no venimos a reinventar la pólvora. Solo a contarte cómo funciona todo esto… para que la próxima vez que levantes la vista al cielo, sepas que hay mucho más que luces bonitas.

El secreto está en una pelota de cartón

La estrella de cada espectáculo (nunca mejor dicho) es la carcasa pirotécnica. Tiene forma de esfera, está hecha de cartón o plástico —aunque muchos la describen como una pelota de papel maché con mecha— y en su interior se esconde un universo en miniatura.

Dentro lleva lo siguiente:

  • Una carga de elevación, que la impulsa al cielo como si fuera un proyectil.
  • Una mecha retardada, que se va consumiendo durante el ascenso.
  • Una carga de ruptura, que provoca la explosión justo en lo alto.
  • Y, sobre todo, las estrellas: pequeñas bolitas mágicas que contienen los ingredientes responsables de cada color, efecto y chispa.

Estas estrellas se colocan con precisión quirúrgica dentro de la carcasa siguiendo patrones prediseñados: en forma de anillo, de carita sonriente, de corazón, de palmera. Al estallar, esas bolitas salen disparadas y recrean la forma deseada. Así nacen esas figuras perfectas que parecen dibujadas con compás en medio del cielo.

Pero aquí no acaba la coreografía.

Cada disparo forma parte de una secuencia cuidadosamente orquestada, y muchas veces incluso va sincronizado con música. ¿Ves que algunos estallan justo en el momento más épico de la canción? No es casualidad: están conectados a ordenadores y software especializado que siguen un guion minuto a minuto, segundo a segundo.

Todo lo que parece espontáneo ha sido medido, programado y revisado muchas veces antes de que el primer “boom” retumbe en el aire.

¿Y los colores? Todo está en la tabla periódica

Aquí empieza la parte que huele a laboratorio. Los colores de los fuegos artificiales no se logran con pintura ni filtros: se crean con sales metálicas que arden emitiendo luz de diferentes colores.

¿Sabías que el azul es el más difícil de conseguir? Si la temperatura es muy alta o muy baja, se estropea. Por eso, cuando ves un azul brillante bien definido, puedes aplaudir doble: al espectáculo y al químico que lo ha formulado.

¿Cómo llegan los cohetes de los fuegos artificiales hasta el cielo?

Las carcasas no vuelan por arte de magia. Se colocan dentro de tubos llamados morteros, se les coloca una carga de pólvora negra en la base y se les prende fuego con una chispa eléctrica. Esta carga explota y lanza la carcasa a decenas o incluso cientos de metros de altura.

Mientras sube, la mecha interna se va quemando. Está diseñada para que, justo cuando alcanza la altura deseada, prenda la carga de ruptura. Y ahí es cuando el cielo se parte: estallan las estrellas y comienza el espectáculo.

Todo está milimetrado. En espectáculos profesionales, cada carcasa lleva incluso un chip para detonar en el momento exacto. Y sí, todo esto va sincronizado con música gracias a software especializado, como si fuera una partitura para fuegos artificiales.

Los fuegos artificiales de Pirotecnia Turis iluminan Alicante desde el puerto

Los fuegos artificiales de Pirotecnia Turis iluminan Alicante desde el puerto / Alex Domínguez

El boom, el silbido y el “crack”: la banda sonora de los fuegos artificiales

No todo entra por los ojos. Los fuegos artificiales también nos atraviesan por los oídos, a veces literalmente. Y no es casual. Cada sonido que escuchas —el estallido seco, el silbido agudo, el traqueteo final— está diseñado y fabricado para que suene así.

El estallido

El clásico “boom” es culpa de la carga de ruptura: una mezcla explosiva dentro de la carcasa que, al encenderse, revienta liberando las estrellas. Ese sonido no es solo decorativo, también es funcional: rompe la carcasa y dispersa el contenido. Cuanto más potente sea la mezcla (suele llevar aluminio y perclorato), más fuerte es el estruendo.

Los fuegos que solo hacen ruido, sin luz, se llaman “truenos” o “salutes”, y son comunes en mascletàs. Un petardazo seco que hace vibrar el pecho y que los amantes de la pólvora esperan con entusiasmo (y tapones en los oídos).

El silbido

Ese sonido agudo que parece un misil subiendo al cielo no lo hace la carcasa, sino un pequeño tubo lateral lleno de una mezcla especial. Al arder, los gases salen por una abertura estrecha y provocan ese efecto sonoro tan característico. Como un silbato químico que anuncia que algo grande viene detrás.

El crepitar

Algunos fuegos suenan como si chispearan, con un crack crack crack rapidísimo. Este sonido se consigue con partículas de titanio, aluminio o hierro que reaccionan de forma intermitente, generando mini explosiones mientras arden. Es un efecto buscado, sobre todo en fuegos bajos o efectos en tierra, como las fuentes o bengalas.

¿Y la música?

En los espectáculos más modernos, todo esto se mezcla con música sincronizada. Gracias a sistemas de disparo electrónicos conectados a software, cada carcasa se lanza justo en el segundo exacto para coincidir con un compás, un subidón o un redoble. Es lo que convierte un show bonito en una experiencia inolvidable.

¿Y las formas? ¿Cómo hacen un corazón o una carita sonriente?

También eso tiene truco. Las estrellas se colocan dentro de la carcasa siguiendo un patrón. Por ejemplo, para hacer una carita sonriente, se pegan estrellas en forma de dos ojos y una sonrisa dentro de la esfera. Cuando la carcasa explota, si todo sale como está previsto, las estrellas salen volando manteniendo esa forma.

El problema es que la orientación en el aire no siempre es perfecta. Por eso, los pirotécnicos suelen lanzar varias carcasas iguales a la vez, con la esperanza de que al menos una quede bien orientada hacia el público. Así, los corazones salen derechos... la mayoría de veces.

También existen efectos como:

  • Palmeras: estrellas con cola brillante que caen en cascada, como hojas.
  • Sauces dorados: partículas que descienden lentamente con efecto lluvia.
  • Crisantemos y peonías: explosiones redondas, simétricas, con o sin estelas.

Algunas curiosidades que merecen un “¡anda!”

  • El primer fuego artificial fue un bambú explotando en China. Sin querer, acababan de inventar la pólvora... literalmente.
  • El oro brillante se consigue con polvo de hierro o carbón, ardiendo lentamente.
  • Hay fuegos con "inteligencia": algunas carcasas llevan chips para detonar justo donde y cuando deben.
  • Las mascletás no siempre tienen colores, pero te sacuden el alma. En Alicante lo sabemos bien.

Todas las noches, después de las Hogueras, la playa del Postiguet y el puerto de Alicante se convierten en gradas improvisadas. Gente con bocadillos, toallas y móviles en mano esperan ese momento mágico de las 12:00 de la noche. El cielo se apaga… y empieza la batalla de luz.

Porque sí, aquí se compite a lo grande: ¿quién consigue el efecto más épico? ¿El crisantemo de doble anillo o la cascada final que cae sobre el mar?

A lo largo de cinco noches consecutivas, se suceden los castillos de algunas de las firmas más importantes del panorama pirotécnico. Cada una con su estilo, su sello, su forma de entender la pólvora. Pero todas con un objetivo: provocar ese instante en el que el público se queda en silencio... y luego estalla en aplausos.

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