Análisis
Las Hogueras, un éxito que quema y una esencia por recuperar
Las fiestas oficiales de la ciudad cierran una nueva edición marcada por una masificación incontrolada, por una cesión del espacio público a negocios privados con graves efectos sobre la movilidad y con el reto urgente de volver a esas señas de identidad que llevan camino de hacer centenaria la llama encendida por José María Py

Jose Navarro
"Hemos superado todos los récords. Han sido las mejores Hogueras de la historia". Como si fuera un mantra, esta frase se ha convertido en los últimos años en una de las más recurrentes, por no decir la más repetida, de los políticos en activo cuando se les pregunta por el balance de las fiestas allá por el 24 de junio. Ya sea el alcalde, el concejal de turno o el presidente de lo que sea que se deje caer por la ciudad. Con independencia de lo que haya sucedido, y de cómo, y de lo que se haya perdido por el camino, y por qué. Da igual, las últimas Hogueras son siempre las mejores. Y no, no lo son. No lo son por decreto, pero podrían serlo.
Con infinidad de momentos para el recuerdo, irrepetibles muchos de ellos (que para algo todo gira, o debería, en torno al arte efímero), no pueden ser las mejores de la historia unas Hogueras en las que el espacio público se ha convertido en una moneda de cambio para que algunos, los de siempre, hagan negocio, pervirtiendo el concepto de "racó", enterrando el ambiente familiar, y convirtiéndolo en discotecas privadas al aire libre, y algunas de ellas en entornos patrimoniales como el Teatro Principal o el Portal de Elche. Así, no. Tal es la evidencia que el rechazo a esos racós-discotecas de nuevo cuño puede ser el único punto en común entre la Federació y el sector hostelero, respaldado, aunque solo en teoría, por el Ayuntamiento, que sostiene que no se pueden ceder esos espacios para negocios, aunque lo permite.
Como de igual forma no pueden ser las mejores de la historia unas Hogueras en las que las aceras se transforman en callejones sin salida, peligrosas por sus estrecheces, temerarias por su longitud. Así, no. Tampoco pueden serlo si se permite que en el paseo más emblemático de la ciudad, la postal de Alicante, del que más recuerdos guardamos los alicantinos y del que más imágenes se quieren llevar los visitantes, se instale un racó de principio a fin. Una explanada de carpas en la que los festeros de a pie, los que hacen la Fiesta con su esfuerzo, su tiempo y su dinero, no ocupaban ni un tercio del espacio acotado. Así, tampoco.
Las últimas Hogueras son siempre las mejores. Y no, no lo son. No lo son por decreto, pero podrían serlo
Igualmente, no se puede presumir de ser las mejores Hogueras de la historia si a altas horas de la madrugada, en demasiados distritos de la ciudad, se mantiene la música al máximo de lo que dan los altavoces para que los más trasnochadores (tres, cuatro, cinco personas a lo sumo) bailoteen ya por inercia. Porque las Hogueras son fiesta, una bendita fiesta que cambia el ánimo de la ciudad durante unos días, pero nunca pueden dejar de ser convivencia. Y dista mucho de ese concepto (que no se cansan de repetir tanto los dirigentes políticos como los festeros, sin predicar con él) ocupar el espacio de manera salvaje, dejar aceras intransitables, inaccesibles para personas con movilidad reducida, olores nauseabundos, jardines arrasados, calles convertidas en estercoleros.
Y nadie con sillón en el Salón de Plenos del Ayuntamiento es ajeno a esa realidad. Pero ninguno exhibe la valentía de verbalizar unos problemas que pueden llevarse a la Fiesta por delante, hacerla morir de éxito. Algo que nadie debería permitir, y por inacción se está haciendo. Saben que en el colectivo festero están en juego muchos votos, y no tanto por su censo (no llegan a 15.000 personas en una ciudad que supera los 350.000 habitantes) sino por su influencia, y por lo que mueven.
No pueden ser las mejores de la historia unas Hogueras en las que el espacio público se ha convertido en una moneda de cambio para que algunos, los de siempre, hagan negocio, pervirtiendo el concepto de "racó"
No puede ser que una prueba de ese éxito sea que cada año vengan más y más visitantes, porque Alicante tiene un límite. Y ya ha llegado a él. Pagados por los alicantinos con sus impuestos, ante esa negativa a que los que nos visitan con dinero y ganas de gastar también colaboren con una exigua "cuota" (llámenla como quieran), los servicios públicos se ven totalmente desbordados cada mes de junio: faltan barrenderos, jardineros, policías. De todo. Un estrés cada año mayor al que se somete a la ciudad del que tarda semanas en recuperarse, sino meses. Basta con pasear por cualquiera de sus calles para ver las heridas de los días de fiesta, y lo que queda para que vuelva a ser ella, que no es más que con su suciedad habitual, sus zonas verdes en entredicho y su mantenimiento más que deficitario.
Por potenciar
Y aunque parezca difícil verlo, todavía resisten elementos de esa cultura siempre ligada a las Hogueras: el arte efímero, la pólvora, la música, la tradición. Aunque también merecen atención urgente. Uno de ellos, vincula la Fiesta con la fiesta, y parece que la decisión del Ayuntamiento para que el número de racós dependiera de la calidad de la hoguera (de su categoría, y por tanto inversión) no ha tenido el resultado esperado, según admite el presidente de la Federació, David Olivares, quien asegura que pedirá al gobierno de Luis Barcala cambios para evitar la "picaresca", siendo generosos con el vocablo. Se han detectado, sostiene, comisiones que no han cumplido con lo prometido. Pero no son las únicas.
Los servicios públicos se ven totalmente desbordados cada mes de junio: faltan barrenderos, jardineros, policías. De todo
Tampoco el ejecutivo municipal ha sabido completar el cartel del concurso de mascletás de Luceros: solo pudo cubrir seis de las siete citas previstas, en una tierra (la valenciana) donde las pirotecnias, que son religión, no piden más que algo de atención y cobrar lo anunciado: lo mismo que en València.
De igual manera, el Ayuntamiento ha sido incapaz, un año más, de ofrecer una Hoguera Oficial a la altura de la ciudad, de una fiesta casi centenaria. De nuevo (con alguna excepción en los últimos años), la propuesta de Pedro Espadero no ha seducido, salvo a aquellos turistas que, en el mejor de los casos, confunden Fallas con Hogueras. Una obra de 118.500 euros, tal vez, también debería gustar, si no enamorar, a los de aquí, que son quienes sienten como propio el arte efímero.
Ojalá cuando llegue ese 2028, José María Py pueda estar orgulloso de aquella llama que prendió, que aún la recuerde como propia
Pese a todo, frente al micrófono (fuera de los focos, ya es otra cosa), ni una palabra más alta que otra desde los responsables políticos, que sí mostraron mucha más valentía para criticar a un recién llegado del Bierzo, por una Palmera, la que anuncia la Nit de la Cremà, que evidentemente tampoco estuvo a la altura de Alicante. Así lo hizo la concejala de Fiestas, Cristina Cutanda, implacable con los del Bierzo, condescendiente con el de la "terreta", y que ha quedado señalada en los últimos meses por su gestión, y eso que las Hogueras, en su mayor parte, se impulsan desde fuera del Palacio Consistorial.
Por delante, eso sí, un reto inmenso, fascinante, exigente, ambicioso, inspirador, histórico y, por qué no, transformador: el Centenario. Queda poco más de un año para intentar recuperar la esencia de lo que fue, esa cultura popular integradora, ese patrimonio del que presumir. Ojalá cuando llegue ese 2028, José María Py pueda estar orgulloso de aquella llama que prendió, que aún la recuerde como propia. Y así, como deseó el presidente de la comisión ejecutiva de la Fundación del Centenario, Andrés Llorens, en el inicio de la cuenta atrás de esa simbólica fecha, que esas Hogueras sí que sean las mejores de nuestras vidas, las mejores de la historia.
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