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¿Sabías que el hígado es el único órgano interno que puede regenerarse y que realiza más de 500 funciones vitales?

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El corazón bombea sangre, los riñones filtran, el estómago participa en la digestión y el cerebro es como un ordenador central que controla las funciones del cuerpo. Todos ellos tienen un papel claro y reconocible. ¿Y el hígado?

Considerado el “laboratorio” del organismo, este órgano del sistema digestivo y metabólico trabaja sin descanso e interviene en cientos de funciones vitales. Y lo hace de manera silenciosa y discreta: no duele, no protesta y rara vez lanza señales cuando algo va mal. Por todo ello, sigue siendo un desconocido y rara vez recibe la atención que merece.

Principales funciones del hígado

Alojado en el lado derecho del abdomen, bajo la caja torácica, el hígado es el órgano sólido interno más grande del cuerpo (entre 1300 y 1800 gramos)… y también uno de los más complejos. Para comenzar a abordarlo, hay que partir de una idea sencilla: casi todo lo que comemos y bebemos pasa por él. En concreto, cada minuto circulan por este órgano alrededor de 1,5 litros de sangre procedente del intestino, cargada de nutrientes y también de toxinas, que se encarga de filtrar.

En este proceso, “el hígado transforma y procesa los elementos beneficiosos- como proteínas, carbohidratos y lípidos- para que el resto del cuerpo pueda utilizarlos, mientras que cualquier sustancia tóxica -medicamentos, alcohol o productos de deshecho como la bilirrubina- se neutraliza y se elimina a través de la bilis o de la sangre”, tal y como explica la Dra. Carmen Aba Garrote, especialista del Servicio de Aparato Digestivo del Hospital Quirónsalud A Coruña.

La bilis, el líquido de color amarillo verdoso producido por el hígado, sirve también para “digerir las grasas”, mientras que cuando nuestro cuerpo necesita energía o descienden los niveles de glucosa, el hígado “descompone glucógeno almacenado en glucosa, contribuyendo a regular el azúcar en sangre”, señala la especialista.

Y eso no es todo. “El hígado fabrica proteínas clave, como las que intervienen en la coagulación de la sangre; almacena vitaminas (A, D, B12) y minerales como el hierro y participa en el metabolismo del colesterol y de las hormonas, entre otras funciones. En resumen, actúa como un gran ‘centro de control’ del organismo”, añade el Dr. Joaquín Rodríguez Sánchez-Migallón, especialista en Aparato Digestivo y responsable de la Unidad Integral de Aparato Digestivo en los hospitales Quirónsalud Ciudad Real y Quirónsalud Clideba (Badajoz), además de en los centros médicos Quirónsalud de Mérida, Puertollano y Don Benito, y la Clínica Quirónsalud Alcázar de San Juan.

Después de ver todo lo que el hígado hace por nosotros, quizá sea el momento de plantearnos qué podemos hacer nosotros por él. Pero para responder a esta pregunta con rigor es necesario conocerlo mejor por dentro, saber cómo cambia con el paso del tiempo y qué enfermedades pueden poner en riesgo su funcionamiento.

Estructura compleja y capacidad de regeneración única

Desde el punto de vista anatómico, el hígado “está formado por dos lóbulos principales, derecho e izquierdo, siendo el primero de mayor tamaño, además de una red de vasos sanguíneos que incluye la vena porta —que transporta la sangre procedente del intestino— y la arteria hepática, que aporta sangre oxigenada. Se suman las vías biliares, que transportan la bilis hacia la vesícula biliar y el intestino”, tal y como describe el Dr. Rodríguez Sánchez-Migallón.

A nivel celular, hay que fijarse en el lobulillo hepático, “que es donde trabajan los hepatocitos junto con vasos sanguíneos y conductos biliares”, subraya el Dr. Fernando Cereto, jefe de Servicio de la Unidad de Medicina Interna del Hospital Quirónsalud Barcelona.

Son precisamente estas células, los hepatocitos, las responsables de una de las propiedades más singulares del hígado: su capacidad de regeneración. “Tienen capacidad de dividirse y multiplicarse, lo que permite que el hígado sea el único órgano interno capaz de recuperar gran parte de su masa tras una pérdida importante de tejido”, destaca el Dr. Moisés Diago, especialista del Servicio de Hepatología del Hospital Quirónsalud Valencia.

Ahora bien, esta capacidad no es ilimitada y depende del estado del órgano. “El hígado puede regenerarse tras perder hasta un 70–75 % de su volumen en condiciones de hígado sano. El proceso comienza en 24–48 h, con recuperación significativa en 7–10 días y aproximación al volumen normal en 4–8 semanas. La capacidad disminuye en cirrosis, esteatohepatitis avanzada o daño crónico”, matiza la Dra. Aba Garrote.

Cómo cambia el hígado con el paso del tiempo

El envejecimiento también afecta a este órgano. Con los años puede reducir ligeramente su tamaño y disminuir el flujo sanguíneo que recibe, así como la actividad de algunas enzimas, lo que repercute en la velocidad con la que procesa sustancias externas. “Es más sensible a medicamentos, tóxicos y enfermedades”, apunta el Dr. Cereto. Esto no significa que deje de funcionar, pero sí que su margen de seguridad se reduce y disminuye su eficacia metabólica.

Además, “factores como la alimentación, el alcohol, el sobrepeso o determinadas patologías pueden acelerar su deterioro o favorecer la acumulación de grasa. Aun así, es un órgano muy resistente, con una gran capacidad de adaptación y puede seguir funcionando incluso cuando está bastante dañado”, añade el Dr. Rodríguez Sánchez-Migallón.

Un órgano resistente y silencioso que apenas da señales

Esta resiliencia explica por qué muchas enfermedades del hígado no producen síntomas claros en fases iniciales y, cuando lo hacen, el daño suele ser ya severo.

El Dr. Cereto señala que “pueden aparecer signos vagos e inespecíficos como cansancio persistente, malestar digestivo, pérdida de apetito, náuseas o sensación de pesadez abdominal. Solo en patología importante aparecen alteraciones visibles como coloración amarillenta de la piel u ojos (ictericia), cambios en la orina o las heces, picor o manifestaciones cutáneas”.



Esto hace que, en muchos casos, antes de que la sintomatología haga sospechar, las primeras señales aparezcan en los análisis de sangre.

“En fases precoces se pueden observar alteraciones analíticas, fundamentalmente elevación de enzimas hepáticas como las transaminasas (ALT y AST), así como de otros parámetros como la GGT, la fosfatasa alcalina y/o la bilirrubina”, explica la Dra. Aba Garrote.

Estas alteraciones indican que el hígado está sufriendo algún tipo de daño o inflamación. Sin embargo, no siempre son concluyentes. “El aumento de transaminasas nos orienta, pero unas cifras normales no garantizan que el hígado esté completamente sano”, advierte el Dr. Diago.

Por ello, en los últimos años se han incorporado nuevas técnicas diagnósticas que permiten evaluar el estado del hígado de forma más precisa. Entre ellas destaca la elastografía hepática —conocida como FibroScan—, una prueba no invasiva que mide la elasticidad del órgano. “Cuando el hígado sufre daño crónico, se vuelve más rígido y pierde elasticidad, y esta técnica permite detectarlo sin necesidad de recurrir a una biopsia en muchos casos”, añade el especialista.

Las enfermedades del hígado más frecuentes en la actualidad

Y, ¿cuáles son las principales enfermedades que pueden afectar a nuestro hígado? Los especialistas coinciden en que la más común en la actualidad es la esteatosis hepática, conocida popularmente como hígado graso. En condiciones normales, este órgano contiene una pequeña cantidad de grasa —en torno a un 10 %—, pero “cuando ese porcentaje aumenta se produce una acumulación anómala que puede estar relacionada con el sobrepeso, la diabetes, el sedentarismo (esteatosis no alcohólica) o el consumo de alcohol (esteatosis alcohólica)”, apunta el Dr. Diago.

Otro grupo importante de enfermedades son las hepatitis, es decir, la inflamación del hígado. Pueden tener múltiples causas: infecciones por virus —como las hepatitis A, B, C, D o E—, enfermedades autoinmunes, alteraciones metabólicas o la exposición a tóxicos y medicamentos. Si bien años atrás su incidencia era muy alta, hoy “las hepatitis virales crónicas han disminuido notablemente gracias a la vacunación frente a la hepatitis B y a los tratamientos eficaces contra la hepatitis C”, celebra el Dr. Cereto.

A pesar de estos avances, muchas de estas patologías comparten una misma evolución cuando no se controlan. “La inflamación mantenida puede dar lugar a fibrosis —una especie de cicatrización del tejido— que, con el tiempo, puede desembocar en cirrosis. Esta es la fase más avanzada del daño hepático y, aunque menos frecuente, es mucho más grave, ya que compromete seriamente el funcionamiento del órgano”, explica el Dr. Rodríguez Sánchez-Migallón.

Además, también existen tumores hepáticos. Estos pueden ser primarios —como el hepatocarcinoma, sobre todo en pacientes con hepatopatía crónica por alcohol — o, con más frecuencia, metastásicos, es decir, procedentes de otros órganos como el colon, la mama, el pulmón, el estómago y el páncreas.

Cómo cuidar nuestro hígado

Llegados a este punto, retomamos la pregunta: ¿qué podemos hacer nosotros para proteger y cuidar nuestro hígado? Los especialistas están de acuerdo en que la clave está en mantener hábitos de vida saludables. Llevar una alimentación equilibrada, controlar el peso, realizar ejercicio físico de forma regular y evitar el sedentarismo son medidas fundamentales para prevenir la acumulación de grasa en el hígado.

También es importante moderar el consumo de alcohol. El hígado necesita tiempo para metabolizar el alcohol, y esa capacidad varía mucho de una persona a otra. Cuando el consumo supera lo que puede procesar, aumenta el riesgo de hígado graso, inflamación y daño hepático. A ello se suma la importancia de hacer un uso responsable de medicamentos y suplementos, prestar atención a factores de riesgo como la diabetes o el colesterol elevado y realizar controles médicos periódicos.

Con estos sencillos hábitos, ayudamos a cuidar un órgano silencioso pero esencial para el equilibrio de todo el organismo.