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La odisea del liderazgo femenino

Tras su buena gestión de la pandemia, sobre las lideresas ya no solo se habla de igualdad o de cuotas, sino también de su valor añadido

Angela Merkel

Angela Merkel

Angela Merkel intervino en el parlamento alemán el pasado 9 de diciembre y sus palabras conformaron algo más que un discurso. Ante los 709 diputados del Bundestag mostró una emoción desacostumbrada. No era la exaltación de la batalla política, tampoco las lágrimas de una situación insuperable. Merkel no es una gran oradora, pero su alocución pidiendo contención ante las elevadas cifras de contagios de coronavirus que vivía el país en aquel momento fue vibrante. «Con todo el dolor del corazón», apeló a las conciencias. Era el poder y, a la vez, era una ciudadana. Un cruce entre la verticalidad del cargo y la horizontalidad de la comunidad.

El discurso de Merkel se viralizó. Sus palabras no solo alertaron del empeoramiento de la situación sanitaria, también exhibieron un tipo de liderazgo poco usual. La cancillera no cayó en el sentimentalismo, no provocó los acostumbrados -y machistas- comentarios burlones, nadie vio en ella un asomo de debilidad. Infundió respeto y credibilidad. ¿Liderazgo femenino?

La pandemia ha extendido el sufrimiento en todo el planeta. Un dolor que se ha visto reflejado en las estadísticas de la muerte. Las comparativas han sido inevitables y su análisis ha desvelado un dato llamativo. Un estudio publicado a finales de julio por el Fondo Económico Mundial y realizado por las universidades británicas de Liverpool y Reading, concluyó que los gobiernos liderados por mujeres habían obtenido resultados «sistemática y significativamente mejores» en el control de la pandemia. Habían iniciado antes los confinamientos y adoptado respuestas coordinadas. «Las lideresas reaccionaron de manera más rápida y decisiva ante posibles muertes».

Respuesta diferente

La diferente respuesta ante el riesgo por parte de hombres y mujeres parece haber resultado crucial en la gestión de la crisis sanitaria. Para empezar, ninguna dirigente minimizó la letalidad del virus ni puso en peligro su propia salud. Pero, por encima de todo, ellas zanjaron el endiablado equilibrio entre salud y economía de un modo más tajante. Fueron reacias a correr riesgos sanitarios, mientras que sí estuvieron dispuestas a comprometer la economía.

El comportamiento diferencial entre líderes hombres y líderes mujeres respecto a la pandemia ha situado el liderazgo femenino en un lugar destacado. Ya no solo se habla de igualdad o de cuotas, sino del valor añadido de la visión de las mujeres. Un aporte que las candidatas futuras a puestos de responsabilidad podrán esgrimir.

Durante el pasado 2020, las mujeres conquistaron mayores cuotas de poder en más espacios. La era post-Trump llama al optimismo. La elección de la fiscal Kamala Harris como vicepresidenta de EE UU, el nombramiento de Avril Haines como la primera mujer al frente de la Inteligencia Nacional o la apuesta por un equipo de comunicación de la Casa Blanca y de gobierno integrado solo por mujeres certifica que el machismo de la administración estadounidense está en retirada.

Hubo más luchas y más logros, como los de Cecilia Moyoviri, la primera mujer indígena que llegó como senadora al Parlamento boliviano. La alcaldesa de Bogotá, Claudia López, primera mujer en el cargo, primera alcaldesa abiertamente homosexual de una capital latinoamericana y lideresa comprometida en la lucha contra la corrupción. O Alicia Garza, Patrisse Cullors y Opal Tometi, las tres activistas afroamericanas que impulsaron el movimiento Black Lives Matter (Las vidas negras importan). En la élite económica también hay noticias relevantes: hay un número récord de mujeres al frente de las empresas de la lista Fortune 500. Pero no brindemos todavía, solo representan un 7,4 % del total. Frustrante para la mitad de la población.

Sin cotos vedados

Y hay más avances en la cultura y el deporte. Sirvan como ejemplo la relevancia de las directoras de cine en el panorama cinematográfico mundial o la mayor presencia de mujeres en el arbitraje de fútbol. El primer caso revela la excelencia. El segundo, que ya no hay cotos vedados.

Pero no hay lugar para la complacencia. La crisis del coronavirus ha laminado especialmente el empleo femenino. La Organización Internacional del Trabajo ha alertado del riesgo de retroceso en los avances logrados en los últimos decenios; la desigualdad de género en el mercado laboral puede exacerbarse. La pandemia no es la única amenaza. El feminismo nunca ha sido un espacio homogéneo, pero el debate sobre los derechos de las personas trans está resultando especialmente tóxico. La hostilidad se extiende por el movimiento y puede debilitar su influencia. Un obstáculo más para el liderazgo femenino.

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