Miradas alicantinas
El barrio del cementerio de Alicante

En 1968 más de 500 casas y chabolas poblaban el Llano del Espartal en las que habitaban más de 2500 personas, tal como escribía Fernando Gil en INFORMACIÓN / INFORMACIÓN
Hasta no hace mucho tiempo, el barrio del cementerio era el ejemplo más palmario de la invisibilización de una barriada por parte de nuestras autoridades. Y por qué no decirlo, también del resto de alicantinos y alicantinas.
El barrio del cementerio fue construido por sus moradores en las décadas de 1950, 60 y 70. En su mayoría venían de otras provincias españolas, principalmente de Andalucía y La Mancha, en busca de trabajo y de un futuro para sus hijos que no encontraban en sus tierras de origen.
Aquellos primeros vecinos vinieron atraídos por la necesidad de mano de obra para la recolección del tomate. A falta de un lugar donde hospedarse fueron levantando sencillos chamizos y barracas en las que poder vivir lo más dignamente posible. El lugar elegido fue la zona más cercana a las viviendas de funcionarios de la plaza del cementerio. Una zona que sería conocida con el paso del tiempo como el barrio del Cura.
Años después, en los terrenos situados entre el Vial de los Cipreses y la calle Río Turia por la que pasaba el antiguo tranvía, se fueron abriendo calles paralelas y levantando nuevas viviendas más o menos ordenadas sin permiso alguno, pero a la vista de todos.
En noviembre 1964 el Ayuntamiento realizó el primer croquis de la zona al percatarse que estas nuevas edificaciones se veían afectadas por el desarrollo urbano previsto para el Llano del Espartal. Los nuevos viales y la clasificación de la zona como industrial eran incompatibles con la barriada. El Ayuntamiento reconocía su parte de culpa por permitir en su momento estas edificaciones ilegales afirmando que “se resolvió un problema de vivienda mínimo en momentos que, por la inmigración insospechada de campesinos tierra adentro, fue necesario”. Ahora se pagaban las consecuencias.
Cuatro años después, en junio de 1968, Fernando Gil, periodista de INFORMACIÓN, dio a conocer a los alicantinos la realidad de la vida en el nuevo barrio. Los terrenos habían sido adquiridos en un primer momento pagando 40 pesetas el metro cuadrado, pero se dispararon hasta las 500 pesetas. En algunos casos se había llegado incluso a subastar parcelas al mejor postor.
En aquel momento más de 500 casas y chabolas poblaban el Llano del Espartal en las que habitaban más de 2.500 personas. Disponían de electricidad, pero se abastecían de agua potable mediante aljibes y cubas. Para todo lo demás, fosas sépticas.
Las viviendas respondían a un esquema básico que recordaba a las casas de pueblo. Fachadas encaladas de seis a ocho metros de longitud con zócalo pintado en gris y macetas en las rejas de las ventanas. El tejado era mayoritariamente a dos aguas y disponían de patio trasero. Con el paso de los años y debido al aumento de las familias se levantaron algunos pisos altos y se redujo el tamaño del patio.
Las calles eran de tierra y disponían árboles frutales y, como indicó Fernando Gil, fueron rotuladas por los propios vecinos con sus onomásticas. En aquellos primeros años todos se conocían y ayudaban, viviendo de forma humilde pero digna. Disponían de bares, comercios, estanco y una parada del tranvía en el mismo barrio.
Muchos vecinos trabajaban en las industrias cercanas y en otros trabajos de baja cualificación por lo que la vida se hacía mayoritariamente en el barrio. Tanto la iglesia católica como la evangélica se encargaban de los asuntos espirituales y festivos de la barriada.
Con la mejora de las condiciones de vida comenzó la marcha de los primeros pobladores a otros barrios periféricos como las Mil Viviendas o Virgen del Remedio. La degradación fue lenta y se debió en gran parte al abandono institucional del barrio y de sus moradores.
En sus alrededores se fueron instalando industrias insalubres y contaminantes. La llegada de la droga, aunque afectó a todo tipo de familias y barrios, se cebó especialmente con los más humildes. El barrio del Cementerio entró en barrena y comenzaron los conflictos sociales con la llegada de nuevos vecinos de difícil integración expulsados por el Ayuntamiento de otras zonas de la ciudad y dejados allí a su suerte.
Se llega a afirmar que el punto de inflexión se produjo el 22 de mayo del año 2000 con el atropello mortal de un hombre y la fuga del conductor implicado. Al día siguiente los vecinos, hartos de vivir en el olvido, salieron a la calle pidiendo servicios básicos para la barriada.
Además, coincidió con el malestar creado por el anuncio del traslado al barrio del Cementerio a los vecinos de etnia gitana de Casalarga. Pese a las promesas de mejoras logradas para el barrio, los vecinos siguieron con sus exigencias y protestas llegando a cortar la carretera de Madrid y a cerrar sus comercios. El Ayuntamiento acabó urbanizando parcialmente el barrio con unos 250 millones de pesetas que nadie vio.
Hoy las cosas parece que están cambiando. Gracias al Proyecto Asertos se está trabajando desde 2020 para regenerar el barrio del Cementerio y mejorar la calidad de vida de sus vecinos implicando a sus moradores en ello.
Nueve viviendas han sido rehabilitadas por completo y se han realizado también 67 intervenciones de urgencia en otras edificaciones. Además, se han creado espacios públicos como los huertos urbanos, favoreciendo la integración y convivencia de sus residentes.
Por toda esta labor el arquitecto Daniel Millor, coordinador del proyecto, ha sido galardonado en este 2024 con el premio Princesa de Girona en su categoría social. Todo un honor para nuestra ciudad, y especialmente para los vecinos del Cementerio. Mi más sincera enhorabuena.
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