José Ignacio Munilla Aguirre, obispo de Orihuela-Alicante
Reina de la Paz: María en los escenarios de guerra
El obispo de Orihuela-Alicante, José Ignacio Munilla Aguirre, firma esta reflexión sobre la Asunción de María y la necesidad de construir la paz

Imagen de la Virgen en el Misteri. / INFORMACIÓN
Mientras nosotros celebramos nuestras fiestas patronales en torno al Misteri d’Elx, contemplando la Asunción de María al Cielo, nuestro corazón no puede dejar de dirigirse también hacia Tierra Santa, donde los cristianos viven una de las horas más difíciles de su historia reciente.
La fiesta del 15 de agosto nos recuerda que María es el signo de la victoria definitiva de Dios sobre el pecado, la violencia y la muerte. Ella es la primera redimida, la criatura plenamente reconciliada con Dios. Por eso, cuando la Iglesia contempla a María glorificada, descubre también una promesa para toda la humanidad: el odio no tendrá la última palabra, ni tampoco la guerra, sino la vida y la paz que proceden de Dios.
Sin embargo, precisamente en la tierra donde nació María, donde escuchó el anuncio del ángel y donde su Hijo consumó la redención del mundo, la paz parece hoy un bien cada vez más lejano. Los cristianos de Palestina atraviesan una situación dramática, que está provocando una emigración constante y amenazando la continuidad de una presencia cristiana ininterrumpida desde los tiempos apostólicos. Muchos se preguntan si las generaciones futuras podrán seguir encontrando comunidades vivas junto a los Santos Lugares.
Por ello, celebrar la Asunción este año nos impulsa a una profunda comunión espiritual con nuestros hermanos de Tierra Santa, que es nuestra Iglesia Madre. En el año 1920, el patriarca latino de Jerusalén, Luigi Barlassina, consagró a los cristianos palestinos a la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora Reina de Palestina.
Posteriormente promovió la construcción del santuario de Deir Rafat, situado al oeste de Jerusalén, que con el paso del tiempo se ha convertido en uno de los principales centros de peregrinación de los católicos de Tierra Santa. Allí, en medio de una región marcada por las divisiones y los conflictos, los fieles confían a María las alegrías y sufrimientos de los cristianos de la tierra de Jesús.
El santuario es hoy un poderoso símbolo de unidad, esperanza y perseverancia. En él resuenan conmovedoras y comprometidas plegarias dirigidas a la Virgen, como la difundida por la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro: «Reina de la Paz, que nunca nos acostumbremos a la opresión, a considerar las luchas como inevitables y las víctimas que producen como daños colaterales. Que la lógica de la agresividad no prevalezca sobre la buena voluntad y que la solución de los numerosos problemas no se considere imposible...».
La advocación de la Reina de la Paz enlaza también con el santuario de Medjugorje, uno de los centros de peregrinación más visitados del mundo. Según el testimonio de los videntes, la propia Virgen se presentó desde el comienzo con ese título: Kraljica Mira, Reina de la Paz. No deja de ser significativo que este mensaje naciera en una región que pocos años después quedaría devastada por la guerra de los Balcanes. La llamada a la conversión, a la reconciliación, a la oración y al ayuno apareció como un camino para sanar las raíces espirituales de los conflictos humanos.
Y la Reina de la Paz continúa haciéndose presente también en el drama de la actual guerra en Ucrania. Apenas un mes después del inicio de la invasión rusa, el papa Francisco realizó la solemne consagración de Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María, renovando la confianza de la Iglesia en la intercesión de la Virgen por el don de la paz. No fue casual que dicha consagración estuviese profundamente vinculada al mensaje de Fátima, una advocación mariana que, desde hace más de un siglo, llama a la conversión de los pueblos como camino para alcanzar la reconciliación y evitar las guerras.
María se convierte en maestra de paz porque nos conduce siempre a Cristo, quien es nuestra paz. Como enseña san Pablo en la carta a los Efesios: «Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad» (Ef 2,14).
Al celebrar la Asunción de la Virgen, pidamos de manera especial por los cristianos de Tierra Santa, por las víctimas de todas las guerras y por cuantos trabajan sinceramente por la reconciliación entre los pueblos. Que la Reina de Palestina proteja a quienes perseveran en la tierra de Jesús; que la Reina de la Paz obtenga para nuestro mundo el don de la concordia; y que María Asunta nos enseñe a vivir con la mirada puesta en el cielo, sembrando en la tierra la paz que nace del Evangelio.