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Vallan el último ‘casup’ habitado del Montgó

Los nuevos dueños de la construcción, vestigio de la vida tradicional en la montaña, han desviado la senda que sube a la Plana y a la Cova Ampla

La empalizada de cañas y alambre que ahora rodeada la Caseta del Sariero

La empalizada de cañas y alambre que ahora rodeada la Caseta del Sariero

Que una familia quiera intimidad es lo más natural del mundo. Pero los senderistas (no muchos, que esta ruta es poco conocida) se han quedado de piedra cuando, de la noche a la mañana, se han topado con una valla que cierra la vereda que sube a la Plana y la Cova Ampla del Montgó. Estaban acostumbrados a pasar por la Caseta del Sariero y maravillarse con este casup, el último habitado del parque natural y que se puso en pie hace más de cien años.

Ahora la caseta o casup ni se alcanza a ver. Una empalizada de cañas y alambres (la fauna sí pude pasar) rodea los terrenos, unos 17.000 metros cuadrados, que desde como poco 1897 (en ese año está fechada la escritura) habían pertenecido a la familia de los Sarieros. El último de esta saga, Joaquín Sellés Mata, que ahora tiene 72 años, ha cuidado con mimo este casup, vestigio de la vida tradicional en el Montgó.

Pero la edad no perdona y cada día se le hace más fatigoso subir por la empinada senda que lleva a esta casita. La puso a la venta. La ha comprado una familia que no quiere que los extraños pasen por sus terrenos. Al Sariero no le molestaba que los senderistas se arrimaran a esta modesta construcción. En el porche, colocó una libreta en la que los visitantes dejaban sus mensajes (a todos les fascinaba la belleza sencilla de esta construcción). También había excursionistas poco respetuosos que hacían noche en sacos de dormir en el porche y dejaban basura.

Los nuevos propietarios también han pintado en las piedras el aviso de que allí vive una familia y no quiere que la importunen.

En esta ladera de Xàbia del parque natural del Montgó hay unos 28 casups. Todos son una ruina excepto la Caseta del Sariero. Ahí radica su valor. Es un tesoro etnológico. Su humilde arquitectura se cimenta en la sabiduría rural y la ecología. No es que se integre en el paisaje. Es paisaje.

Los nuevos dueños han desviado la senda. Ahora rodea esta finca de muros de piedra en seco. Los fines de semana los senderistas escuchan risas de niños. Hay vida en el casup. Y eso ya es importante. Pocas de estas construcciones se han salvado del abandono.

La paradoja tiene su miga. La familia que ahora es dueña de esta casita tradicional la mantendrá en pie y le dará vida. Los senderistas que admiraban la sencillez y armonía de esta pequeña construcción, que cuenta con una cisterna que recoge el agua de truenos y con un horno de escaldar pasa, ahora la tendrán que esquivar a la fuerza.

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