Ambientes extremos
Hallan una especie de ratón que vive donde nada crece: a 7.000 metros de altura
El descubrimiento obliga a replantear los límites de la biología en zonas inhóspitas

Un ejemplar de la especie de ratón que vive a la mayor altitud donde se han encontrado mamíferos / Marcial Quiroga
Un diminuto ratón que vive a casi 7.000 metros sobre el nivel del mar en los Andes está obligando a los científicos a replantearse los límites de la vida en la Tierra. Este animal, un ratón orejudo (Phyllotis vaccarum), revela cómo los mamíferos pueden sobrevivir en condiciones que antes se consideraban totalmente inhabitables.
Los investigadores de la Universidad McMaster (Canadá) creían que los mamíferos solo podían sobrevivir hasta unos 5.500 metros de altura, lo que aproximadamente coincide con la altitud más alta encontrada en asentamientos humanos permanentes. El descubrimiento de estos ratones viviendo más de un kilómetro por encima de esa cota ha puesto en entredicho esa suposición.
"Fue totalmente inesperado. La gente no creía que los mamíferos pudieran sobrevivir a estas altitudes, pero ahí están", afirma Graham Scott, profesor del Departamento de Biología y coautor del estudio.
Como vivir en Marte
El entorno extremo que se registra a 7.000 metros suele ser comparado con las condiciones de Marte, pues se caracteriza por temperaturas bajo cero, niveles de oxígeno extremadamente bajos, escasez de agua y prácticamente ausencia de vegetación. Esta combinación dificulta la supervivencia de la mayoría de los animales.

Puntos en los que se ha localizado la especie / Science
Para comprender cómo los ratones soportan condiciones tan extremas, Scott y su colega Grant McClelland se unieron a un equipo internacional para estudiar a estos animales en Chile, comparando ejemplares de estas altitudes elevadas con los que viven en cotas más bajas.
Sus hallazgos, publicados en Science, sugieren que la supervivencia en estas condiciones no se debe a una sola adaptación, sino a una combinación de cambios en todo su organismo.
"La evolución es un proceso complejo", afirma McClelland, coautor del estudio y profesor del Departamento de Biología. "Cuando los animales se enfrentan a entornos realmente desafiantes, deben lidiar con muchos factores diferentes, no solo con los obvios".
Condiciones corporales
Los ratones de gran altitud fueron capaces de mantener mejor el calor corporal y el consumo de oxígeno en condiciones frías y con bajo nivel de oxígeno que sus congéneres de tierras bajas.
A nivel celular, su tejido muscular se asemeja al de los atletas de resistencia. "Se parecen más a un corredor de maratón que a un velocista", explica Scott. "Sus células musculares están repletas de mitocondrias que les permiten mantener la actividad generadora de calor durante períodos más prolongados".
Esta mayor capacidad permite a los ratones mantener altas tasas de consumo de oxígeno, lo cual es fundamental para generar calor a temperaturas bajo cero.

Imagen del ratón / Marcial Quiroga
Los animales también dependen en mayor medida de las grasas como fuente de energía, una forma eficaz de proporcionar energía tanto a los músculos que tiemblan como a los tejidos especializados productores de calor.
Un desafío alimentario inesperado
Pero algunos de los hallazgos más sorprendentes tenían poco que ver con el oxígeno o la temperatura.
A altitudes tan extremas, la comida escasea. Los ratones sobreviven con fuentes de alimento inusuales, como líquenes, organismos simbióticos que crecen en las rocas, y posiblemente semillas o insectos transportados por el viento.
Los análisis genéticos revelaron que los ratones de gran altitud han desarrollado cambios en los genes implicados en el metabolismo de los alimentos y pueden desintoxicar compuestos vegetales que normalmente serían dañinos.
"Inicialmente nos centramos en los desafíos ambientales más obvios, como la falta de oxígeno y el frío, pero había factores importantes que no esperábamos, incluyendo cómo estos animales procesan lo que comen", dice Scott.
«A veces, nuestras suposiciones sobre los entornos más extremos en los que pueden vivir los animales se ponen en tela de juicio», afirma McClelland. «La evolución tiene mucho margen para experimentar».
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