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SERIE MULTIMEDIA ‘Los caladeros de la yihad’ (III)

Blandos ante el juez, duros en prisión: las estrategias de Daesh entre rejas

La mayoría de condenados por yihadismo buscan la atenuante de confesión | Pintadas integristas en las cárceles muestran juramentos de fidelidad de presos fanatizados

Pintada yihadista en una cárcel española. A la derecha, el modelo que trata de imitar, una bandera de Daesh ondeada en Siria.

"En la calle, ¿cuántas veces te han pedido a ti el carné, y cuántas se lo pedían a un cristiano?” “¿Ves cómo nos tratan? Nunca te van a tratar a ti como a un cristiano”. “Los cristianos se quedan con los trabajos buenos, y para nosotros la miseria; y nuestras mujeres, a limpiar sus váteres”... Soltando comentarios como este, el reclutador del Daesh prenderá poco a poco conversación con el preso común musulmán. Este corolario se repite el último lustro en la instrucción de las detenciones de reclutadores en las prisiones, un catálogo argumental orientado a generar sentimiento de agravio, explican fuentes de la lucha antiterrorista.

Yihad entre rejas, a la caza de los débiles José Luis Roca

La cárcel es caladero propicio del integrismo islámico: el captador tiene tiempo y su rebaño no puede distraerse en otro sitio. Una vez que el prosélito acepte al mentor y sus temas de conversación, paulatinamente intensificará su oscura catequesis: “Te pusieron en el error. Vender droga no es digno. El Islam te salvará”… El predicador ya no hablará de cristianos o nasiris (nazarenos), sino de “cruzados”: “Hermano, los cruzados matan a la gente en Siria…”. Aún quedará tiempo para que, al final, el prosélito acepte el precio de su redención: matar, o matar y matarse, por la umma de los creyentes y el califato universal.

Este es el recorrido de la radicalización que coinciden en describir las fuentes policiales y penitenciarias consultadas sobre golpes intramuros al terrorismo, como el de la Policía Nacional que truncó el 9 de septiembre una cadena de charlas fanáticas en el penal de Daroca (Zaragoza). Lo organizaba un interno magrebí “extremadamente radicalizado”, dicen fuentes cercanas a la operación. El preso, próximo a salir, planeaba atacar a los jueces que lo condenaron. 

A sus seguidores los trataba de aislar en un club sectario. Y ese detalle observó el Grupo de Seguimiento y Control de Instituciones Penitenciarias, dando inicio a la investigación.

Aislar es clave; romper cualquier vía por la que el prosélito adquiera una visión de la realidad que no sea la suya. “La radicalización islamista funciona como en las sectas, y como en el control de la violencia machista”, explica Francisco J. Macero, funcionario penitenciario, experto en radicalización de la central ACAIP y colaborador de RAN, la Radicalisation Awareness Network, red europea de alerta sobre radicalización.

Duro, y antes blando

El aislamiento explica también un rasgo del comportamiento del condenado yihadista: blando y colaborador con el juez y la fiscalía, y duro y hermético en prisión.

Hasta el momento, la mayoría de integristas condenados en España han colaborado con la instrucción del caso, concluye el estudio jurisprudencial “La colaboración con la justicia de los condenados por terrorismo yihadista”, que publicó en mayo pasado el profesor de Derecho Penal de la UNED José Núñez en la Revista Electrónica de Ciencia Penal y Criminología.

De 17 sentencias con 29 condenados, fueron mayoría (16 de las 17) aquellas en las que el tribunal admitió la atenuante analógica de confesión tardía. O sea, el terrorista admitió los hechos, facilitando la instrucción, a cambio de aligerar la pena. El fenómeno rompe el apriorismo de que “los condenados por terrorismo yihadista no suelen colaborar con las autoridades al ser delincuentes por convicción”, explica Núñez en su estudio.

El último pacto destacado terrorista/fiscalía se cerró en junio pasado. Nabil E. A., capturado por la Policía en el barrio de La Piñera de Algeciras ahora hace dos años por promocionar la yihad violenta en redes sociales y aprender a usar explosivos, ha aceptado tres años de cárcel por autorradicalización y apología del terrorismo a cambio de aceptar los hechos. El fiscal iba a pedir cuatro años en el juicio.

"Yo ya no aconsejo la atenuante de confesión tardía, porque luego se pasan toda la condena aislados en primer grado", dice un abogado de acusados de terrorismo islamista

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Luis Álvarez, abogado en varios juicios por yihadismo, entre ellos el del 11M y el de los atentados del 17A, confirma la búsqueda de la atenuante como estrategia común de los capturados por delitos de terrorismo islamista. Pero los pactos con el ministerio público llevan camino de agotarse. “Yo ya no aconsejo la atenuante de confesión tardía, porque luego la Fiscalía no cumple –se queja -. Luego se pasan en primer grado toda la condena, en aislamiento”. Aislado está en la prisión de Picassent uno de sus clientes, Driss Oukabir, condenado a 23 años de prisión como miembro de la célula de Ripoll que atentó en Barcelona y en Cambrils en agosto de 2017.

El régimen en que viven Oukabir y el superviviente de la explosión de Alcanar, Mohamed Houli Chemlal, es de aislamiento en un módulo de internos de primer grado. Sus salidas al patio son reducidas, de una hora, y con muy pocas posibilidades de ver a otro preso y menos de entablar contacto o amistad. En la memoria de uno de sus vigilantes penitenciarios durante su etapa de preventivo se ha quedado la imagen cotidiana, durante meses, de Chemlal solo en un patio, "en total silencio, dando patadas a un balón contra una pared". cuenta.

A por el preso común

La actitud refractaria del yihadista en prisión se refleja en el fracaso del plan de desradicalización de las prisiones. Ya está en marcha la búsqueda de un nuevo plan educativo, confirman en la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias.

Pero los ya condenados por yihadismo no son el objetivo de los reclutadores del Daesh, ni el único al que mirar de los Grupos de Seguimiento y Control (GSC) de Instituciones Penitenciarias o, en las prisiones bajo control de la Generalitat de Catalunya, de la poco conocida AIS (Área d’Informació i Seguretat).

El Estado Islámico y Al Qaeda buscan prosélitos jóvenes, desplumados, sin peculio ni amigos en la prisión. Un joven trapicheador de hachís o un peón de la inmigración ilegal serán perfectos. “Los adoctrinadores bajan la autoestima del sujeto, los aíslan… luego ellos y sus ideas son el único entorno que el adoctrinado reconoce, le suben la autoestima y hacen con él lo que quieren”, explica F.L., funcionario veterano de las cárceles de Barcelona.

Pero sobre todo el objetivo de la captación debe tener poca condena; al autodenominado Estado Islámico no le interesan los hombres a los que les quedan muchos años antes de poder salir a la calle y atentar. Ni tampoco los toxicómanos, poco de fiar, que pueden poner la droga por delante de Alá.

Prisión de Estremera (Madrid), la primera en la que se investigó la aparición de pintadas de Daesh como señal de la formación de un posible frente islamista en las cárceles. José Luis Roca

El adoctrinamiento entre rejas es en todo caso selectivo. Fuentes de Instituciones Penitenciarias niegan que las cárceles sean nidos de yihadistas, y el abogado Álvarez sostiene que las operaciones policiales contra células intramuros "luego terminan desinflándose, porque la raya es difusa entre hablar de religión y radicalizar; es difícil probar que lo primero sea lo segundo. De un golpe en la cárcel de Algeciras con 40 detenidos, al final han sido procesados cinco”, por ejemplo.

Pero en la lucha antiterrorista creen que el fenómeno, lejos de aminorar, crece. Un afloramiento de pintadas de Daesh en varias prisiones se está dando desde el confinamiento. Y fuentes policiales no descartan que el fenómeno esté conectado. En todos los casos el preso pinta –o rasca en la pared- la bandera oscura con un círculo y, dentro, la shahada, el lema de que Alá es el único dios y Mahoma su profeta.

“Antes el proceso era muy visible, cambiaban de amigos y de vestimenta… Ahora adoctrinan mucho más disimuladamente, no en grupo, sino persona a persona, en la intimidad de la celda -explica Macero-. Y llega un momento en que el captado jura fidelidad al califato. “Algunos lo expresan pintando el lema en la pared para probar su fidelidad –cuenta-. Es imprudente, pero no olvidemos que los conversos son los más radicales”.

La mayoría, no obstante, trata de camuflarse. Aunque aún muestren signos que observan los GSC del Estado y la AIS catalana. Entre ellos, un llamativo cambio de amigos en el patio, o la negativa del recluso a tratar con personal femenino del centro penitenciario. Por ahí no pasan. Al abogado Álvarez se lo explicó uno de estos presos: "Es que yo no trato con animales ni con mujeres".

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