Alicante, como toda tierra digna de ese calificativo, es el resultado del trabajo de generaciones, casi sedimentos culturales que han ido conformando lentamente una identidad y unos valores, produciendo un fruto complejo y sumamente contradictorio, como todos los sitios que merecen la pena. Como no podía ser de otra forma, en esos aditamentos constantes que construyen nuestra personalidad colectiva, tiene un lugar privilegiado el de las personas destacadas que pasaron antes que nosotros, cuyo recuerdo debiera servir de motivo de orgullo de sus paisanos. Me refiero al fallecimiento el pasado 20 de febrero de Gonzalo Puigcerver Romá, teniente general de Aviación y general del Aire.

Alcanzó la cota más elevada a la que puede aspirar un militar español, ocupando sucesivamente la Jefatura del Cuarto Militar del Rey y de la Junta de Jefes de Estado Mayor, primer aviador con mando sobre los tres ejércitos.

Pero si hay un dato que enseguida se aprecia en su currículum, es la acumulación de todos los destinos que más le permitieron volar. Fue uno de esos profesionales que vivieron en primera persona el paso de nuestro Ejército del Aire, de una flota de aparatos de hélice a los reactores supersónicos, y los largos periodos de formación en el exterior.

Compartía con su tierra de nacimiento dos denominadores comunes que presidieron la historia de ambos, el cosmopolitismo y la luminosidad. Aunque más anecdótico, su imagen quedará gravada en nuestro imaginario nacional, al aparecer en la fotografía histórica del Príncipe de Asturias jurando la Constitución Española ante el pleno de las Cortes.

En unos tiempos en los que la vocación de servicio y el patriotismo, han quedado relegados, merece la pena recordar a tantos pilotos de nuestras fuerzas aéreas que siguen renunciando a unas brillantes y remuneradas carreras en las compañías privadas, arriesgando además sus vidas a diario.

Pero a los que tuvimos el privilegio de conocerlo y tratarlo de cerca, lo que más destacaremos es lo que realmente cuenta, su encanto arrollador aderezado de una simpatía inteligente, haciendo siempre que su interlocutor sintiera que el importante era él.

A pesar de su éxito y de su itinerario vital de trotamundos, nunca renunció a su arraigo con su tierra y su familia alicantina, materializadas en su casa de San Juan.

Y dejo para el final lo esencial, puesto que sobre todo fue el padre de nada menos que ocho hijos, fruto de su matrimonio con Pilar Campos del Fresno, también alicantina de pro, y que tantas noches pasó en vela cuidando a los más pequeños para que su marido preservase su sueño y, al amanecer, tomase los mandos de su avión en las mejores condiciones. Todos ellos, a través de los que "Chalo" Puigcerver sigue vivo, heredaron su atractivo personal y esa sonrisa conquistadora que le caracterizaba.