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Javier Morán

Asesoramiento sin urgencia del Papa reformador

El Papa Francisco acaba de crear un grupo de cardenales "para aconsejarlo en el gobierno de la Iglesia universal y para estudiar un proyecto de revisión de la Constitución Apostólica Pastor bonus sobre la Curia romana", según refiere una nota de la Secretaría de Estado del Vaticano. El portavoz Lombardi ha aclarado a continuación que las funciones de este grupo serán de "asesoramiento" y sin "sensación de emergencia". De hecho, la primera reunión de los cardenales asesores no se producirá hasta octubre.

Lo contrario probablemente crearía la impresión de que la Curia se ha de venir abajo en cualquier momento. Sus crisis recientes han sido llamativas -filtraciones del "vatileaks", transparencia del "Banco Vaticano", etcétera-, pero de ello no se deduce el crepúsculo del catolicismo que algunos han llegado a profetizar. Sin embargo, contemplar la Iglesia sub specie aeternitatis, bajo la idea de que su tiempo, por constitución divina, no es de este mundo, provoca insatisfacción en los individuos, con la caducidad prescrita por naturaleza.

Era previsible que este nuevo Papa, que tantas señales ha dado, y dará, de cómo desea una Iglesia renovada, refrene su ritmo inicial y encare los problemas con tiento. Pero, por otro lado, la gran expectación que ha creado Francisco parecer reclamar no sólo gestos e indicios, sino hechos. Esto mismo se puede predicar con el cronómetro de los medios de comunicación en la mano, un tiempo que ya no es el de la periodicidad de los periódicos o los partes informativos, sino el segundo a segundo de las redes sociales. Festina lente, dictaban los clásicos: apresúrate despacio. Es decir, que el problema del modo de proceder es antiguo, y no digamos en la propia Iglesia. El Concilio Vaticano II, de gran potencia pastoral y creador también de inmensas expectativas, duró cuatro años y su digestión sin aplicación plena aún continúa.

Pero vayamos a la aceleración del tiempo, ya que en menos de quince días han figurado en la librerías no menos de una docena de libros sobre el Papa Francisco (el libro al minuto y de venta rápida es también una consecuencia de este tiempo). De todas las obras publicadas, la mayoría son recopilaciones de textos pastorales del Papa en sus años de arzobispo y cardenal de Buenos Aires. Hay también un libro de entrevistas y otro de coloquios con el rabino argentino Skorka.

Los interpretativos son menos: el de la veterana Paloma Gómez Borrero (que casi firma el certificado de defunción de Benedicto XVI al presentar su libro, o, al menos, eso nos contaron); el del director de la revista Vida Nueva, Juan Rubio, un agudo y equilibrado observador de la Iglesia, y el de José Manuel Vidal y Jesús Bastante, director y redactor jefe, respectivamente de la web Religión Digital. De ellos iremos hablando a medida que hallemos perlas cultivadas en sus páginas, pero nos referiremos ahora al último mencionado (editorial Desclée-Religión Digital, 158 páginas), y por tres motivos.

Primero, es de justicia decir que Vidal fue el único periodista español (puede que de todo el orbe, ya que no leímos nada semejante en lo consumido antes del cónclave), que el 11 de marzo, dos días antes de la elección del Papa Francisco, publicó en su web el artículo "Jorge Mario Bergoglio, ¿el nuevo Roncalli?". Fueran cuales fuesen sus fuentes, Vidal ha sido el único periodista de religión que lanzó con claridad el nombre correcto. "Gana puntos la tríada de (características papales) de reformador, mayor y con no demasiados achaques. Se busca un nuevo Roncalli, papel en el que muchos ven al cardenal Bergoglio".

En segundo lugar, el libro de Vidal y Bastante -prologado por José Bono en su faceta más dulce hacia la Iglesia-, conjunta crónicas periodísticas del precónclave y cónclave con la interpretación sobre los factores da la elección -la curiosa situación de que el cardenal Scola fuera el tan esperado-, o con los primeros perfiles del Papa Francisco. Y en tercer lugar, el libro dedica destacado interés y espacio a la elección de un pontífice del que se espera la reforma -cuando menos, la renovación- de la Iglesia, empezando por su cúpula de gobierno, la curia.

Este importante aspecto nos conduce de nuevo al grupo de cardenales que acaba de crear el Papa. Revisar la Pastor bonus, la "constitución" que rige la organización curial, puede tener dos horizontes. Uno, el de corregir los factores que provocaron las crisis con Benedicto XVI, esas que hacían preguntarse a obispos y cardenales de fuera del Vaticano: "¿Pero qué está sucediendo allí dentro?". Y segundo, en de una modificación más profunda. Se suele decir que el Vaticano II fue el "concilio de los obispos", aquel que les rescato su condición de "sucesores de los apóstoles" y, por tanto, pastores de la Iglesia, incluso por encima del curia (la realidad fue por otros caminos, aunque renacieron entonces los sínodos). En consecuencia, si al orden de los obispos se les dedicó un concilio, ¿qué no necesitarán los sacerdotes, los religiosos y los laicos? Dicho de otro modo, y en consonancia con el libro de Vidal y Bastante, ¿se necesita un Roncalli que provoque un concilio o basta con un Papa decidido?

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