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Adiós puente rojo, adiós

Lo que al parecer está a punto de cometerse no puede ser más que calificado como una mayúscula barbaridad

No sabría decir si este artículo ha nacido más de mi indignación como vecino de esta ciudad o de mi formación profesional como ingeniero civil en el área de infraestructuras de transporte. Sea de una u otra manera, lo que al parecer está a punto de cometerse en el puente rojo no puede ser más que calificado como una mayúscula barbaridad y de una nueva oportunidad perdida para poner en valor zonas de nuestra querida y urbanísticamente maltrecha ciudad.

El Puente del V Centenario -puente rojo para los amigos- es un hito urbano bien conocido por todos los alicantinos, e incluso me atrevería a decir que por la práctica totalidad de quienes residen en la provincia. Surgió, como tantas otras infraestructuras, para rehabilitar la conexión entre dos zonas de una ciudad en pleno proceso de crecimiento que había sido cercenada por la línea ferroviaria -hoy en proceso de soterramiento-, y al mismo tiempo mejorar drásticamente la movilidad urbana dando continuidad a la primera de las muy necesarias rondas perimetrales de la ciudad. Explica, por tanto, parte de la historia reciente de la ciudad y nos ayuda a entender cómo creció y a qué problemas se enfrentó en su momento.

La mayoría de ingenieros, contrariamente a lo que muchos opinan, estamos muy sensibilizados con el impacto visual que tienen las infraestructuras que diseñamos y construimos, sabedores de que van a perdurar en el tiempo; y con mayor motivo en entornos urbanos como el que nos ocupa. También lo estamos con el esfuerzo económico que supone su construcción, así como su mantenimiento y, en ciertos casos, su demolición. Porque destruir también cuesta dinero, y bastante.

Algunos argumentarán que el puente rojo es una infraestructura amortizada, en proceso de deterioro y hasta fea. Es posible que tengan razón, pero por eso mismo deberíamos plantearnos que ya forma parte del patrimonio urbano y del carácter de esta ciudad, sin entrar en mayores profundidades urbanísticas sobre las que mucho se podría hablar.

Por último, sólo quiero lanzar una propuesta antes de que sea demasiado tarde: pongamos en valor el puente rojo, no privemos a vecinos y turistas de experimentar una nueva sensación, de contemplar una nueva y singular vista panorámica de la ciudad, como ya hacen muchos de ellos desde el castillo de Santa Bárbara, situado en el otro extremo. Invirtamos el dineral que costará demolerlo -se estiman unos 15 millones de euros- en rehabilitarlo y reconvertirlo en un parqueducto al estilo de lo que hicieron los neoyorquinos hace no mucho tiempo en el High Line.

Técnicamente es perfectamente posible sin reforzar la estructura. Imagínenselo. Y si se hace bien, incluso sobraría dinero. No es nada descabellado.

De todos modos, y habida cuenta de los antecedentes existentes en este tipo de decisiones más políticas que técnicas, la próxima vez que pase por el puente rojo procuraré mirarlo como si fuera la última vez. Por si acaso.

Ojalá me equivoque.

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