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Responsabilidad también es dimitir

Resulta preocupante comprobar el concepto que tienen algunos políticos -afortunadamente no todos- de la política, al margen del partido al que puedan estar adscritos. El último ejemplo, sin ir más lejos, lo hemos tenido en Murcia, aunque ha habido algún que otro caso reciente que nos ha tocado más de cerca. Al ya expresidente de los murcianos, Pedro Antonio Sánchez, no le quedó otra que ceder a la presión, con viaje del vicesecretario general de Organización del PP, Fernando Martínez-Maíllo, de por medio, y acabó dimitiendo ayer por la mañana, después de días y días de polémica. Imputado ya en el caso Auditorio desde hace mes y medio, el juez Eloy Velasco le dio la puntilla al acusarlo de tres delitos más en el marco de la Púnica, y la alianza del PSOE, Podemos y Cs para sacar adelante una moción de censura hizo el resto. En cualquier caso, llama la atención que, en el momento de presentar su renuncia, el exdirigente popular apelara a su «responsabilidad» con los ciudadanos. Ahora, que nadie se lleve a engaño, su «responsabilidad», como dejó bien claro durante su comparecencia, responde a su deseo de parar los pies a un tripartito que puede arrebatar la gestión al PP y, por tanto, «poner en riesgo lo conseguido hasta ahora». Cierto es que la figura del investigado -o imputado, como se le denominaba antes del cambio de la ley- no es una condena, sólo es una garantía procesal del derecho de defensa cuando hay indicios de que se puede haber cometido un delito... Una garantía procesal, como lo es el derecho a la presunción de inocencia. Precisamente por eso, porque cualquier político que se ve envuelto en un proceso judicial de este calibre, por muy inocente que pueda acabar siendo, es lógico pensar que estará más ocupado en su defensa en los juzgados que en la misión que le han encomendado los ciudadanos, que no es otra que la de gestionar, la verdadera «responsabilidad» es dimitir cuando toca. Y más si esa persona prometió en su día que renunciaría al cargo si acababa imputado. Con un desapego creciente hacia los partidos políticos y hacia todo lo que les rodea, enrocarse en los cargos para luego dimitir forzado por la presión ayuda bien poco. Incide en ese desprestigio que cotiza al alza y abre la puerta a populismos baratos y peligrosos. Luego, los tribunales absolverán o condenarán, pero eso ya es cosa de ellos.

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