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El día del (buen) padre

Hace ya algunas semanas les hablé de mi madre. ¿Se acuerdan? Le hizo ilusión. ¡Hasta recortó la columna para enseñarla orgullosa a sus amigos! Sin embargo, me consta que el asunto ha suscitado cierta conmoción familiar?ya saben, «pelusilla». Así que, como no me gustan nada los conflictos, aprovecho la fiesta de este 19 de marzo y, como hacen las tonadilleras, le dedico esta columna a mi padre. Y a mi Paco. Mejor: se la voy a dedicar a todos los buenos padres del mundo. Porque, como diría L'Oréal, «ellos también lo valen».

Desgraciadamente, pocas veces nuestra sociedad hace gestos que honren la paternidad y que valoren la influencia del hombre en la vida de sus hijos. ¿Qué cursi, no? Es una cuestión incómoda, poco de agenda, baladí? incluso, para muchos y muchas, «políticamente incorrecta». Pues bien, aún a riesgo de que discrepen, a mí se me antoja esencial para conseguir la verdadera igualdad entre hombres y mujeres. Si nosotras podemos (y queremos) trabajar, vosotros debéis tener derecho a poder cuidar.

El argumento no parece «de cajón» ni para los poderes ni para la opinión pública. De hecho, por ejemplo, las políticas de conciliación de los 80 partieron de otro razonamiento, mucho más perverso. A saber: «Si las mujeres tienen derecho al trabajo remunerado y tienen también deberes familiares que les impiden ejercerlo, habrá que buscar mecanismos que hagan compatibles ambas cosas». ¡Toma ya! O sea, ¿qué la conciliación no es un derecho de las personas que repercute en la sociedad en general (como establece el Tribunal Europeo de Derechos Humanos)? ¿Qué la conciliación no afecta a hombres ni a menores? ¿Qué es un «problema de las mujeres» (y no de todas, sólo de las «trabajadoras») y, a lo sumo, y si me apuran mucho, también de empresarios (que no empresarias)?

Lo peor es que, presumo que con la mejor intención del mundo, muchos de los países desarrollados -entre otros, nosotros- hemos comprado la idea. Por ejemplo, en España se han hecho enormes esfuerzos públicos durante más de una década (una ley de conciliación, otra de dependencia y una de igualdad) que no han sido muy eficaces: ni se ha erradicado la desigualdad laboral por sexo, ni se ha frenado el envejecimiento de la población y?, para colmo, ¡muchas mujeres han visto incrementados sus niveles de conflicto familia-trabajo!

Desengañémonos. No va a ser posible avanzar en igualdad y en justicia social mientras no se difuminen y se renueven los patrones de género en lo que afecta al cuidado y la crianza de los menores. Y eso, no llueve del cielo. Eso se consigue a través de la legislación y a través de la socialización en la escuela, la familia y los medios. De ahí la necesidad de visibilizar y reconocer la labor que muchos padres, que ejercen de tales, desarrollan día tras día (como el mío en su momento). De ahí la obligación de favorecer los permisos paternales intransferibles, independientes y no compartidos y de reconocer que el «parenting», que dirían los anglosajones, también «es cosa de hombres». A ver cuándo estos conceptos, votados y avalados entre otros por el partido del Gobierno, se van viendo reflejados en reformas laborales, de la Seguridad Social y en propuestas educativas y mediáticas.

Porque, como apuntaba el informe sobre la racionalización de horarios del Congreso, «es justo que la maternidad no suponga un impedimento en la actividad laboral de las mujeres, como no lo supone mayoritariamente en el caso de los hombres». Pero, también lo es que la actividad laboral de los hombres y el imaginario social no supongan un impedimento en su paternidad y en su vida familiar, como debería suceder con las mujeres.

Así pues, para todos los (buenos) padres, muchas felicidades por adelantado.

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