Opinión | La riá
Antonio Luis Galiano/ Cronista Oficial de la Ciudad de Orihuela
¡Agua va!
Tal vez las nuevas generaciones no conozcan o sepan qué significa esta frase, con la que se daba aviso cuando desde la ventana o la puerta de una casa se arrojaba a la calle las aguas residuales, al no existir desagües ni alcantarillado. La respuesta que se esperaba con este grito a modo de advertencia era que los viandantes se pusieran a resguardo para no recibir el consiguiente chaparrón de inmundicias.
Pero, al hablar de agua, no sólo nos podemos referir a éstas, sino que otras veces, hacemos referencia a la misma de muchas formas. Por ejemplo, en el ya lejano 1892, cuando apretaba la canícula, las familias marchaban a la costa a «tomar las aguas» o «los baños». Los oriolanos de entonces buscaban destino para ello en la Horadada, en La Mata y en Torrevieja. Mientras que otros lo hacían dirigiéndose al campo, o a sus posesiones como Federico Linares que veraneaba en Los Balcones, próxima a la última de esas poblaciones. En julio de dicho año, la relación de familias oriolanas que se trasladaron a Torrevieja había incrementado en detrimento de La Mata, dando lugar a que las casas de alquiler escasearan y que subieran los precios. Otros de los motivos eran que las condiciones habían mejorado para los bañistas, habiéndose instalado casetas, así como la coincidencia de la feria instalada en un paseo con vistas al mar y la oferta de ocio que ofrecía el Casino «La Numancia» con la organización de bailes y conciertos al aire libre.
Pero, este desplazamiento veraniego solo era posible para aquellos que su economía lo permitía, mientras que los niños que tenían que permanecer en la ciudad o en la huerta, para bañarse tenían que recurrir al río y las acequias, que todos los años generaban algunos accidentes. Ante ello, el alcalde Andrés Pescetto Balaguer prohibió que los chicuelos se sumergieran en las aguas fluviales en los azudes, en «el oyo» de la Trinidad o en la zona de la Cruz del Río, máxime teniendo en cuenta que lo hacían «con el traje de nuestro padre Adán» o en cueros, dicho en leguaje cervantino y sin tanta retórica. La prohibición llegó hasta el punto, que dos muchachos fueron multados por desobedecer la orden.
El baño en el río era apetecible para los niños, a pesar de que su caudal era el menor desde hacía doce año, habiéndose producido acumulación de agua estancada que generaba ciénagas en algunas zonas.
Pero el Segura era utilizado para otros menesteres domésticos, como el lavado de ropa, lo que también prohibió la primera autoridad municipal, cuyo mandato fue desobedecido por dos amas de casa, viéndose precisado a multarlas por haber lavado en la Cruz del Río, e imponiendo también la sanción de un día de haber a la pareja de guardias municipales que se lo permitieron.
El lavado de ropa también se efectuaba en las acequias, lo que daba lugar a que las aguas se contaminasen, creando graves perjuicios para los huertanos que las utilizaban para el consumo diario. Sin embargo, en la ciudad una de las fuentes de suministro era la de San Francisco, a la que acudían los aguadores con sus carros y cántaros para luego efectuar la distribución por los domicilios. Pero este año, se denotó la falta de agua en esta fuente debido a que era mucha la gente que desde pueblos cercanos, se acercaban a ella para surtirse.
El agua, en tiempo estival ha tenido su importancia, y de sus otras formas de uso, trataremos en nueva ocasión. Mientras tanto, si oímos el aviso de ¡agua va!, nos pondremos a cubierto o saldremos corriendo.
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