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Javier Mondéjar

Morriña céltica

Tampoco me preocupa mucho lo de la raza; sangres sin mezclar apenas tendrán algunos nativos de Nueva Guinea, el Congo o el Ártico y las fantasías de los arios inmaculados y portadores de valores eternos son un cuento chino

Seguramente en otra vida fui gallego, o portugués. No hay que escarbar mucho para encontrar en mis genes espíritus celtas -en mi caso, celtas cortos, eso sí- y la morriña, el sentimentalismo y la decadencia galopan por mis venas desbocadamente. Por si fuera poco mi cuarto apellido es Cofiño, y ese cuarterón de sangre gallega me temo que deja temblando la sobriedad mesetaria del resto de mis antecesores. Encima soy mediterráneo por opción y elección, con lo que resulto mestizo hasta decir basta y cualquier nazi que se preciara de serlo sólo me tocaría a distancia y con un palo.

Tampoco me preocupa mucho lo de la raza; sangres sin mezclar apenas tendrán algunos nativos de Nueva Guinea, el Congo o el Ártico y las fantasías de los arios inmaculados y portadores de valores eternos son un cuento chino. De mis ancestros gallegos me fastidia tener tics de Franco, Fraga o Rajoy, aunque me gustaría haber heredado la lírica musical de Rosalía De Castro, el humorismo de Fernandez Flórez o la socarronería de la Condesa de Pardo Bazán, y a ser posible sin la belleza física de ninguno de los tres que en su caso era, digamos, un atributo bastante distinto al canon de belleza helénica. Pero vamos, que el resultado no es cuestión que uno pueda elegir y del espíritu gallego me habrá tocado lo que mis antepasados llevaran, fuera deseado u odioso. Lo mismo tengo algún pirata, o un negrero, o un santo, dios no lo permita.

Anduve estos días por la Galicia profunda y me siento como en casa entre sus nieblas fantasmales y sus bosques recorridos por la Santa Compaña. He dormido en monasterios que albergan el espíritu de los cientos de monjes que allí habrán fallecido sin que su presencia me haya incomodado lo más mínimo y tocado muros muchas veces centenarios, que seguramente eran ya ruinas antes que Colón pisara América y los gallegos fueran para allá en tropel huyendo de unas tierras duras, baldías e incomunicadas por valles y trochas imposibles. Justamente por eso los gallegos estamos por todas partes, hasta en los sitios más inverosímiles como nuestro satélite, y si tienen dudas atiendan a la canción: «Hay un gallego en la luna/que ha venido del Ferrol. /Pa calentar las marcianas sí. /Pá que votaran a Fraga sí. /Y al cabo de una semana /el planeta conquistó». Eso.

Galicia ha sido pobre hasta decir basta, incapaz de alimentar a sus gentes y sin más recurso que empujarlas a la emigración. Probablemente las tierras pobres produzcan paradójicamente folklores muy poderosos, como en Irlanda, Escocia o Sicilia, con grandes extensiones abandonadas y por las que parece que no hayan pasado los siglos. La globalización lo unifica todo y hasta en el bosque más sombrío encuentras conexión wifi o autopistas de peaje para confusión de las meigas, mouras o trasgos que cada vez se ven más arrinconados.

Con todo es fácil cerrar los ojos al presente y enlazar con una naturaleza pujante y primitiva, alejada de cualquier modernidad. Si oyes por casualidad hablar a cualquier anciana de los interiores de Orense te das cuenta que lo primigenio es más potente que la tele basura y bastarían muy pocos pasos hacia atrás para que su ciencia ancestral, basada en el contacto con el entorno, fuera más útil que cualquier hospital infectado de zombis.

También es verdad que lo que en pequeñas dosis es estimulante, día tras día te debe dejar el cuerpo como unos zorros. Esa humedad del bosque meón, el frío que cala los huesos diez meses al año, los cálculos para ir de A a B, que no se basan en los habituales de 100 kilómetros en 50 minutos sino que dependen de un montón de imponderables y de unas carreteras comarcales que son un placer de dioses para disfrutar del volante y de un motor potente, pero un infierno si tienes prisa.

La vida es muy compleja. ¿Qué hacemos: bendecimos una pobreza que nos ha dejado paisajes casi prístinos o la maldecimos por haber expulsado gallegos como una centrifugadora? Y, hombre, las playas son una maravilla, siempre y cuando no tengas el menor interés por darte un baño y sucumbir en el intento. Piensas en playa San Juan y en el clima de Alicante y te planteas si no estarás viviendo en el mejor de los mundos, aunque no sea evocador ni especialmente mágico.

Es mi yo gallego, que se siente nostálgico pero que salió corriendo. Como tantos millones, hasta el de la Luna.

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