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Despilfarrando el (la) capital

Alicante es una ciudad cainita y puñetera con una bellísima fachada litoral, en el centro de una provincia que no se merece y con una Administración que más allá de mirarse el ombligo y resolver cada uno lo suyo se preocupa casi nada del bien común y desde luego nada de proyectar el futuro. ¿Muy duro el arranque?: quizá. ¿Lo podría suavizar?: evidentemente. ¿Lo voy a edulcorar?: para nada.

Viendo las espectaculares imágenes del Puerto que el otro día «Masterchef» llevaba a las teles de toda España, me sentía tremendamente orgulloso de su belleza y a la vez me venían a la cabeza tantas décadas de proyectos archivados, planes realizados a espaldas de los alicantinos y actuaciones que se dan de patadas con esas fotos de postal de ciudad idílica. Da para cogerse un rebote del quince cómo no se ha aprovechado (más) toda esa riqueza y esa capacidad de atracción, cómo los grandes planes abandonan el término municipal en busca de pastos más verdes, cómo los empresarios soñadores y con iniciativa no es que no encuentren tierra abonada, es que se les echa sal en los solares para que nada crezca. ¿Sigo siendo muy duro?: vamos bien.

Tres datos de esta misma semana: Volvo, Carrefour y Cruceros. Obviando fallos muy gordos de la génesis de la Volvo Ocean Race, que tenía como objetivo del gobierno Camps que los alicantinos no nos cabreásemos en exceso por los excesos de la Copa América en Valencia y que provocó el dominio abrumador de un grupo de marcianos en la terreta y que las instituciones de aquí pasasen, lo cierto es que el rumbo se ha cambiado y ya nadie discute que la salida de la VOR es tan alicantina como la playa del Postiguet.

Es verdad, pero tuvieron que pasar muchas catástrofes económicas y políticas para que se diese un volantazo y empresas, instituciones y ciudadanos no fueran convidados de piedra del festín de otros. En las primeras ediciones Alicante vivió a espaldas de la Volvo excepto los cuatro días de la salida, pero es necesario que el éxito de este finde sea mucho más armónico y acompasado en el tiempo y para ello hace falta cariño de los organizadores y también de la administración local y un pelín menos de buscar la foto, que ya aburren con ese afán.

Carrefour celebraba este lunes su 40 cumpleaños y nadie puede dudar a cuatro décadas vistas que cambió los hábitos de consumo de todos los alicantinos y ha sido pieza clave en el progreso de nuestra sociedad, tanto por los puestos de trabajo creados como por los productos adquiridos a empresarios locales. No se puede olvidar -por recordar cómo en la capital se dinamita cualquier proyecto - que Carrefour tuvo que instalarse en Sant Joan porque en la capital no se lo permitieron las presiones de unos y los miedos de otros, para juerga y regocijo de los sanjuaneros (entre los que residencialmente me cuento). Sant Joan no sería lo mismo, ni parecido, si el Pryca no hubiese tenido que salir por pies de la capital, expulsado a las tinieblas exteriores que entonces -aunque no lo veamos desde la perspectiva actual- no estaba ni mucho menos tan cerca. Fue una apuesta que les salió bien, pero igualmente podrían haberse retirado a sus cuarteles de invierno hasta que escampara, como hicieron otros.

Un conocido empresario, del que no daré el nombre, me comentaba esta misma semana cómo encuentra siempre el cariño y la receptividad de sus homólogos ilicitanos, incluidas sus autoridades, mientras que para hacer cualquier cosa en la capital hay que vencer desconfianzas, recelos - ¿éste que querrá?- y zancadillas varias y eso siendo proyectos beneficiosos y que no les cuestan un duro, más allá de sentarse y hablar. Hay que tener la paciencia del Santo Job y un voluntarismo a prueba de bombas para no mandarles a escardar cebollinos, que decía mi abuela. Eso sí que es despilfarrar el capital de la capital.

¿Les extraña que los cruceros empiecen a irse? Piense un poco: es Vd. un crucerista que tiene una pastita para gastar, desembarca un domingo en Alicante con la sana ilusión de comprar y visitar todo lo que pueda y lastimosamente se encuentra con que muchos restaurantes están cerrados, los comercios también, en Alicante hay poco o nada que ver, normalmente el ascensor del Castillo está averiado y las calles suelen estar tan desiertas como en un pueblecito abandonado de Arizona en el que los corremundos se enseñorean de las calles. Ah, que está el sol, la playa y el clima. Claro, y en el barco tienen un aire acondicionado y una piscina estupenda, pero no es ese el objetivo de su viaje.

En imagen muy gráfica, en Alicante los indios disparan al ferrocarril, pensando que se puede parar el progreso con arcos y flechas. Lo malo es que las flechas hacen poca mella en el tren y a cambio producen bajas entre sus propias filas por fuego amigo. Y mientras la capital languidece, la provincia florece, crea sus propios atractivos y cada vez necesita menos centralizar el ocio o el comercio. Quedará Alicante capital tan solitario como las casas de las tías mayores a las que ningún sobrino visita porque es un aburrimiento mortal.

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