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Miedo al ascensor

El ser humano tiende a aferrarse a lo conocido y se resiste a los cambios de la revolución digital

Vivimos un tiempo desasosegante. Asistimos a cambios bruscos, Profesiones que antes resultaban imprescindibles hoy han perdido su prestigio. De minero a periodista pasando por taxista, resulta necesaria una redefinición de muchos trabajos o una adaptación a este nuevo mundo que nos ha tocado vivir. ¿Qué hacemos con los mineros si nadie demanda carbón? ¿Cómo reconvertimos a los periodistas si los lectores han cambiado la forma de informarse? ¿Y qué decir de los taxistas, cuando los usuarios piden unas prestaciones que no se les dan? Hay quien dice que esto es solo el primer síntoma de una revolución más profunda. Que muchas profesiones desaparecerán. Que la Inteligencia Artificial, los coches autónomos, las nuevas energías van a crear un mundo nuevo e irreconocible. Y el que no quiera adaptarse se quedará en la cuneta. En esta, como en las batallas más decisivas, no se toman prisioneros, porque son un engorro. Todas las generaciones creen que son ellas las primeras en vivir estos cambios revolucionarios. Algo parecido a lo que sentimos ahora debió pasarle al ascensorista -¿se acuerdan de Shirley MacLaine en "El apartamento"?- cuando fue sustituido por unos botones inteligentes. No hace tanto. Ocurrió entre finales de los 50 y principios de los 60. Pero es que mucho antes, a mediados del siglo XIX, cuando aparecen los primeros ascensores, la de ascensorista fue una profesión tan revolucionaria como puede serlo hoy un consultor de sostenibilidad. Los ascensoristas tenían tanto poder que una protesta suya podía paralizar toda la actividad de Manhattan, como ocurrió con las históricas huelgas de 1936 y en 1945. Más de un millón de oficinistas no pudieron asistir a su trabajo. La imposición de los botones en lugar del ascensorista no fue fácil. En un artículo recogido en la extraordinaria antología "Un país en crisis: Crónicas españolas de los años 30" (edición de Sergi Doria para Edhasa), la gran Josefina Carabias explicaba el miedo al ascensor. La periodista se había infiltrado entre las "kellys" del Palace en 1934 para escribir un reportaje sobre sus míseras condiciones. Se queja de que en el Palace no haya escalera de servicio, lo que obliga a utilizar el montacargas. "Me encuentro ante el gran aparato desde hace cinco minutos -escribe-, sin saber qué hacer, porque Antonio, el chico encargado de manejarlo, no asoma por ninguna parte y yo sola no me atrevo a poner en marcha este armatoste" Era tal la desconfianza en esa caja, sujeta por una simple cuerda, que cuando en Estados Unidos se empezaron a sustituir los primeros ascensoristas, una grabación advertía al pasajero de que estaba siento transportado por un "ascensor automatizado", con el fin de transmitir tranquilidad y evitar escenas de pánico. El mencionado libro recoge otra anécdota significativa sobre la adaptación a los nuevos tiempos. En un artículo de 1930, Rosa María Arquinbau explica cuál es la situación de los gitanos de Barcelona, muy afectados por la crisis económica y por la gran transformación que supuso para la ciudad de los prodigios -copio a Eduardo Mendoza- la exposición universal de 1929. Los gitanos se desahogan con la periodista y denuncian la competencia desleal que sufren: "Los negocios no van bien. El negocio de los caballos y de los borricos cada día va peor con esto de los coches. Todo el mundo conduce un auto; da asco". La historia de la humanidad es una historia de cambios. No hay progreso, ni avance posible sin abandonar lastre. Nos creemos que somos las mayores víctimas en la historia de la humanidad y no es así. Cada época tiene sus propios sacrificios en aras a otras mejoras. Cada vez que oigo que Amazon ha inventado el comercio a domicilio me acuerdo del panadero, el pescadero, el lechero, el heladero, el vendedor de enciclopedias, el afilador y tantos otros que desfilaban cada mañana por delante de nuestra casa día tras día ¿Qué habrá sido de ellos? Unos habrán perdido el trabajo y otros habrán tenido que abrir un pequeño comercio que ahora Amazon les estará arruinando. Y vuelta a empezar.

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