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¿Se puede con tales mimbres construir una sana democracia?

Escuché el otro día en un programa de la televisión privada cómo algunos jóvenes de este país respondían en una calle madrileña a las preguntas que se les hacían sobre la actualidad española.

Preguntas como la de si sabían qué era el "procés", a quiénes se estaba juzgando allí, cómo se llamaba el actual presidente del Gobierno español o qué elecciones y cuándo iban a celebrarse este año.

La ignorancia que demostraron todos, con una única excepción, en sus respuestas y su absoluta despreocupación era como para avergonzar a cualquier país. Uno se pregunta cómo se informan, si es que a eso se llama informarse, muchos de nuestros compatriotas.

Y lo más grave, ¿con qué criterios va a votar mucha gente, si es que finalmente se toma esa molestia, en las próximas elecciones, ya sean las nacionales, las autonómicas o las europeas?

Preguntado uno de los entrevistados más jóvenes y el que exhibió la mayor ignorancia de todos, cómo se enteraba de las cosas que suceden en el país, explicó que por Instagram. ¡Sin comentarios!

Ya sé que una muestra así como la del programa al que me refiero dista mucho de ser representativa, pero algo está fallando pese a todo aquí cuando una parte al menos de la ciudadanía, la crecida ya en democracia, muestra tamaño desinterés por la cosa pública.

Cuando un grupo de veteranos periodistas y otros intelectuales lanzamos hace unos años un semanario en papel que bautizamos Ahora, en honor a Manuel Chaves Nogales, el que fue subdirector del diario homónimo de la Segunda República, éramos conscientes de nuestra locura.

Duró prácticamente un año aquella aventura, lo que no sorprendió a los quiosqueros con los que uno hablaba y que se lamentaban de que los jóvenes de hoy ya no leyesen periódicos. Ni siquiera los estudiantes de periodismo, como me comentó, alarmado, en cierta ocasión un profesor de esa disciplina.

Los jóvenes de hoy, se justifican algunos, no necesitan la prensa escrita: se informan por las redes sociales a través de sus teléfonos móviles. Y es muy cierto, pero se trata, sin embargo, en demasiados casos de una información superficial, episódica, muchas veces fuera de contexto, sin contrastar, cuando no directamente manipuladora.

Las redes sociales se han convertido en las mayores fuentes de desinformación, confusión y propaganda, sobre todo en épocas electorales. Las cuentas automáticas de robots, los llamados bots, generan tendencias y refuerzan los peores prejuicios.

Enemigas de la complejidad, cultivan el sensacionalismo y, en lugar de invitarnos a la reflexión, solicitan nuestra adhesión, en forma de ese estúpido "me gusta" a los mensajes, tantas veces anónimos, que transportan. ¿Se puede con tales mimbres construir una sana democracia?

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