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Ximo Puig como Leonard Cohen

Laure Adler, excelente periodista comienza Un largo sábado de este modo: "La primera vez que vi a George Steiner€" De esa cita entre ambos personajes surgió un libro donde el famoso crítico, judío y francés pero de formación en Harvard, pasa revista a su vida y su obra resaltando sus fobias y pasiones. Imprescindible, aunque yo prefiera de Steiner, Los libros que nunca he escrito. Por afinidad.

Trato de que venga a cuento porque el otro día leí en este periódico una entrevista al President de la Generalitat Ximo Puig; en ella, el periodista había visto sobre la mesa de su despacho el citado libro de Steiner escrito al alimón con la periodista francesa, autora, entre otras obras, de una magnífica biografía sobre Marguerite Duras.

Dicho esto, comienzo el artículo de una manera muy parecida. La primera vez que hablé con Ximo Puig un servidor tenía treinta y bastantes años, menos de la mitad de los que tengo ahora. Acababa de tomar posesión de mi cargo como Director General de Promoción Cultural de un Consell preautonómico en el que convivía un gobierno de tres partidos, UCD, PSOE y PCE, presididos por Enrique Monsonís, ucedista de Castellón. La Consellería de Cultura estaba frente al portal gótico de la Seo valenciana, justo donde una vez a la semana se reunía el Tribunal de las Aguas para dictar sentencia.

Del equipo de la Consellería formaban parte unos muy pocos funcionarios de la Dirección General que había coordinado un intelectual muy capaz, el profesor Vicente Navarro de Luján del que heredé una campaña que proseguí encantado titulada "Más libros, más libres". Era una consellería, la de Cultura, de nueva planta ya que para habilitar el nuevo gobierno se había desgajado de Educación. Como cargos políticos estábamos solamente el Conseller, Cipriá Ciscar, y un servidor. Cuando llegué allí un quince de septiembre de 1981, Cipriá me dio a elegir entre varias direcciones generales de un organigrama que él había confeccionado. Elegí la de Promoción Cultural porque era la única que disponía de algo de dinero para la promoción de la lectura y podía desarrollar mi proyecto de coordinar los tres centros provinciales de bibliotecas. Me apresuré a rodearnos de un equipo de notabilísimos asesores. Nombres, entre otros, como Vicente Aguilera, Manolo Valdés, Pilar Faus, Andreu Alfaro, Vicent Andrés Estellés, Marisa Villora, Enric Valor, Matilde Salvador, Enric Llobregat, Rosángeles Valls, Rodolf Sirera, Joan Fuster, Manuel Sanchis Guarner, Merxe Banyuls, Rafael Navarro o Enrique Cerdán Tato formaban parte de reuniones de las que saldría un proyecto cultural transformador de la sociedad valenciana. O eso esperábamos.

Tras algunas declaraciones en los medios de comunicación donde dimos a conocer nuestra manera de entender la nueva política cultural es cuando se produjo la llamada telefónica de un joven de veintipocos años del que no recuerdo bien (algún día se lo preguntaré) si era ya concejal de su ciudad, Morella, donde el PSOE estaba en la oposición. Ximo Puig se presentó y me dijo que era apasionante el proyecto que estábamos elaborando y comunicando a la ciudadanía, por lo que me reclamaba para que viajara lo antes posible a su pueblo, ubicado en las alturas del Maestrazgo y que yo no conocía. Morella era, decía, un lugar con un inmenso patrimonio medieval pero que se encontraba en estado lamentable. Con yacimientos arqueológicos y paleontológicos importantes pero sin protección. Un pueblo inmerso en un paisaje increíble por bello pero de difícil comunicación. Con escasas plazas hoteleras aunque con una gastronomía excelente para hacer las delicias de futuros visitantes. Con ninguna actividad cultural porque los jóvenes de la población habían emigrado a la costa a ganarse el sustento. Sin Biblioteca Pública y con un Archivo histórico por catalogar para que no se perdiera. En fin, que me fuera para allá y lo comprobaría en vivo y en directo. Y fui.

Ciertamente, como había aventurado Ximo, el camino a Morella se me hizo largo, demasiado, por la lluvia que me acompañó todo el trayecto hasta que subiendo y subiendo apareció la nieve. Y yo, sin cadenas. Haciendo acopio de un valor como conductor que nunca he tenido, decidí seguir ruta. Para vencer la dificultad puse en el cassette a Leonard Cohen, cantante que me animaba en los momentos de desasosiego, y que, tal como nos enseñaba en su The partisans, yo tampoco me podía rendir.

Me encontré con Ximo Puig y nos caímos bien. Él conocía el territorio y sabía lo que necesitaba la comarca; y yo, político novel de las tierras del sur, dispuesto a colaborar y aprender. Establecimos una delegación de la Consellería y comenzamos a trazar planes en los que Ximo llevaba siempre una implacable iniciativa, sin respiro: cursos de música, representaciones teatrales, seminarios de historia, estudios sobre la restauración de un patrimonio incalculable€. Tiempo después, se ganaron las elecciones y todo comenzó a cambiar. Ximo Puig se fue haciendo mayor ejerciendo cargos políticos que aumentaron en importancia hasta llegar a la alcaldía de su pueblo, al que transformó radicalmente convirtiéndolo en modelo de población con encanto. Las urnas le llevaron después a presidir la Generalitat, donde, gracias a un gobierno de coalición, el País Valenciano, tan maltratado en los veinte años anteriores por gobernantes corruptos que no deben volver, que no deben volver, ha emprendido el camino de la esperanza y del bienestar. Ante la cita electoral del 28 de abril, muchos deseamos que el ciclo continúe, con Ximo Puig y el progreso que él y su gobierno representan.

A Leonard Cohen nunca le conocí personalmente. Y bien que lo intenté cuando estuve en Vancouver pontificando en la Simon Fraser University sobre Alejandro Malaspina, marino que había estado por allí 200 años antes. Los poemas con música de Cohen, como Suzanne o Everybody knows formaban parte de mi patrimonio cultural. Disimulé contrariedad por no verle y me conformé con agenciarme todos sus discos, que tampoco estaba mal. Mucho tiempo después, Leonard agradeció el premio Príncipe de Asturias de las Letras relatando una anécdota: allá por los años sesenta Cohen conoció a un músico español que tañía la guitarra en Montreal. Leonard, ya enganchado con la poesía de Lorca, le pidió que le enseñara a tocar como él. Cohen, lo aprendió tan bien que "esos seis acordes -aseguró- han sido la base de todas mis canciones, de toda mi obra."

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