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Francisco José Benito

La cuarta vía

F. J. Benito

La pobreza silenciosa, la que no vota, toma las calles, y a nadie parece importarle

El abandono de decenas de personas en calles, plazas y parques de la provincia se ha convertido en un problema crónico agravado porque la Administración mira hacia otro lado

Ocho de la mañana de un día cualquiera de la semana en la plaza Pío XII de Alicante. Un hombre que hace tiempo pasó de los 50, bien vestido, limpio, se acerca entre discreto y avergonzado. ¿Me puede prestar algo para desayunar? Duro y desolador. Tengo un amigo que todos los viernes por la noche, tras acabar su jornada laboral y después de una semana intensa de trabajo con mil y un problemas que sacar adelante, se coloca al volante de una furgoneta y recorre varias calles de Alicante y su área metropolitana junto a otros voluntarios y voluntarias repartiendo bocadillos, agua, patatas fritas, café... entre las decenas de personas que en Alicante y en otras ciudades de la provincia -también asistidos por voluntarios como mi amigo- que pasan el día en cajeros automáticos, envueltos en iglús de cartón a cielo raso, o esperando junto al contenedor de turno a que el personal del supermercado deje las sobras del día.

No estamos en Calcuta, ni en una ciudad perdida del cuerno de África. Hablamos de un viernes cualquiera en la capital de la quinta provincia de España, de la vieja Europa, en la que los fines semana cierran los comedores sociales públicos y decenas de personas se quedan en manos de la caridad de unos cuantos benefactores anónimos que, por supuesto, no están en las listas electorales de los partidos, que no aspiran a ser ediles con buenos sueldos, los mismos que esos días les inundan de propuestas que difícilmente se cumplirán.

Me ha venido a la cabeza el gesto de todos los viernes de mi amigo y su panda de compañeros solidarios, al leer el caso del chico con problemas mentales que desde hace unos días pasa los días sentado en un banco del barrio de la Florida esperando tener noticias de su madre, ingresada en un centro para mayores, y a la que, supongo, sin tener noticia de aquel pequeño que alumbró hace unos años con la esperanza de que tuviera un futuro mucho mejor del que ha encontrado. Y es que en Alicante, como en la mayoría de la ciudades de la provincia y, en general de media España, existe un colectivo invisible de desheredados de la fortuna que pasan los días tirados en las calles sin que nadie les atienda y, en general, provocando el rechazo de muchos de los que pasamos junto a ellos si ni siquiera contestar, muchas veces, a sus llamadas de auxilio o al simple «hola».

Detrás de cada caso hay una historia, cruel, triste y de lo que estoy seguro es de que nadie duerme en la calle por voluntad propia. Problemas con el alcohol, abandono de la familia, un despido del que nunca se recuperó, drogas, problemas psiquiátricos sin atender? forman el conjunto de razones por las que una persona puede encontrarse de la noche a la mañana durmiendo al raso, e iniciando así una carrera sin freno hacia el abismo de la autodestrucción, que desemboca, muchas veces, en casos parecidos como el del chico que lleva días sentado en un banco a la espera de recibir noticias de su madre. O aquel que duerme junto a otros en el cajero o, sencillamente, debajo de un puente. Esas madres que son las únicas que nunca fallan.

¿Qué será de ese chico el día en el que su madre ya no esté? Y es que, una vez más, ese caso viene demuestra que en Alicante falla un sistema que permite que decenas de personas acaben en la calle o en una plaza pegados a un cartón de vino de pésima calidad como único compañero.

Alcoy y Sant Joan tienen, por ejemplo, desde hace más de cinco años terminados y sin utilizar dos centros para acoger a personas con problemas mentales que, por la falta de cuidados oficiales, suponen, además, un problema para sus padres (la mayor parte mayores ya). Eso, los más afortunados, porque hay otro colectivo, mayoritario, que hace años perdió todo contacto con sus familias y vaga a su suerte por calles y plazas.

Solo hace falta pasarse cualquier noche del año, haga frío o calor, por zonas como los bajos del estadio Rico Pérez o el Puente Rojo de la Gran Vía para vivir las escenas y compartir las historias de unos potenciales votantes que, hoy por hoy, no existen para los redactores de los programas electorales y, mucho menos, para los candidatos que a partir del domingo serán electos y arrancarán cuatro años en los que el problema de las enfermedades mentales y la pobreza en general les pasará de lado, y solo actuarán en casos puntuales como, por ejemplo, cuando se produce una ola de frío. Hace unos meses un conocido me comentaba que si realmente quisiéramos hacer un reportaje de la pobreza en Alicante nos subiésemos en un camión de los que reparte el butano. Hace una semana me encontré con él y me espetó ¿qué, os habéis subido ya al camión?

La dimensión de la pobreza en la provincia de Alicante sigue siendo inasumible, por mucho que las cifras macroeconómicas se empeñen en decir lo contrario, y los titulares sobre la compraventa de pisos, la llegada de turistas o la efervescencia del tardeo intenten demostrar lo contrario.

Más de 69.000 alicantinos necesitan de los recurso por ejemplo, de Cáritas para poder vivir. El 4% de la población de la provincia. Vergonzoso. El 31,3% de la población de la Comunidad Valenciana está en riesgo de pobreza o exclusión social, lo que significa, en términos absolutos, más de 1,5 millones de personas, cerca de 600.000 en la provincia de Alicante.

Casos concretos: el 73% de las familias de Pla-Carolinas, un barrio tradicionalmente de clase trabajadora, tiene algún grado de dificultad para llegar a fin de mes, acercándose peligrosamente a los números de la Zona Norte, donde los procesos de exclusión social se han agravado durante la crisis. La pobreza alcanza la zona de la Plaza de Toros en una ciudad para la que las «ong» reclaman un diagnóstico porque los problemas se acumulan y complican la intervención. En Carolinas, la renta media anual por hogar está en 16.419 euros. Solo cuatro mil euros más que en la Zona Norte, donde hay barrios que son un polvorín a punto de estallar, como Colonia Requena, ante las situaciones de degradación que se viven. Ejemplos, solo en la ciudad de Alicante -desgraciadamente el mapa de las dificultades es provincial y se puede dibujar en cualquier munici-pio-, que obligan a dejarse de demagogias y actuar de manera urgente.

Lo peor es que la percepción de la pobreza que tenemos en Alicante es, quizá no sea el símil más afortunado, similar a la que muchos alicantinos tienen sobre la sequía: mientras salga agua cuando yo abro el grifo el problema es de los agricultores. Pues no. Pobreza, ésta severa, es que un 4% de los alicantinos no pueda comer carne o pescado una vez a la semana, o que casi la mitad de la población viva tan al día que no esté prepara para afrontar un gasto extraordinario. Tampoco pueden disfrutar de un viaje de vacaciones el 45% de las familias, pero al menos no esperan, confío, los viernes a que pase la furgoneta de mi amigo con bocadillos para el fin de semana.

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