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Inteligencia artificial, los primeros límites

Los socios de la OCDE pactan unos principios para aplicar un "enfoque ético" en el desarrollo de máquinas inteligentes

Pasó la epidemia del "solucionismo tecnológico", una enfermedad que hasta hace bien poco desataba un optimismo digital desbordante y la confianza ciega en que las nuevas tecnologías optimizarían nuestra vida pública y privada. Asoma ahora en cambio una nueva era de regulación digital, con recientes normativas -al menos en la UE- para limitar la extracción y malversación masiva de datos privados y también la vampirización de contenidos elaborados por terceros por parte de las grandes tecnológicas. Empiezan a surgir, además, peticiones de fragmentación de los monopolios de Silicon Valley, cuya influencia está generando una deshumanización que hasta ahora sólo habíamos leído en las novelas distópicas del siglo XX.

El vertiginoso avance digital empieza a verse como el de un caballo loco que puede acabar pisoteándonos, si no lo ha hecho ya. Los 36 países miembros de la OCDE, más Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Perú y Rumanía, acaban de firmar un conjunto de directrices a aplicar en el desarrollo de la inteligencia artificial, la gran revolución en marcha que nos cambiará, aún más, de arriba a abajo. Son indicaciones muy generales, sin fuerza de ley, pero son una primera base sobre la que edificar un enfoque ético en el desarrollo de máquinas inteligentes, cuya programación debería ser transparente y explicable, ser segura, fomentar el desarrollo sostenible y centrarse en los valores humanos y la equidad. No parecen más que obviedades, pero son el primer paso. Una pionera toma de conciencia internacional de que jugar con las máquinas puede acabar costándonos caro. En San Francisco, la ciudad de los tecnólogos, han pasado de los principios a los hechos. La Junta de Supervisores de la ciudad ha decidido prohibir el uso de tecnología de reconocimiento facial por la policía y otras agencias de la administración ciudadana. Hay otras ciudades estadounidenses que pueden seguir el mismo camino, como Oakland (California) o Somerville (Massachusetts). "No es como las cookies en un navegador, hay algo en la tecnología de reconocimiento facial que pone los pelos de punta", declara al "Cristian Science Monitor" Álvaro Bedoya, director del Centro de Privacidad y Tecnología de la Universidad de Georgetown. Esta tecnología ya está introducida en aeropuertos o estadios o por la policía de tráfico de EE UU. También, como reseña esta publicación, en algunas tiendas hay cámaras de reconocimiento facial que "adivinan" la edad, el género o el estado de ánimo del cliente para mostrarle anuncios específicos en tiempo real. En un escenario de universalización de esta tecnología, nadie podrá ir a ningún sitio sin ser identificado o rastreado. ¿Cómo afectaría eso, por ejemplo, a aquellos que deseen manifestarse públicamente y que por el mero hecho de salir de casa ya quedan "fichados"? Y eso si la tecnología fuera perfecta, que ahora no lo es. Esas cámaras diferencian bien a los hombres blancos pero hay una alta tasa de error cuando se trata de reconocer a mujeres negras. Ahí la máquina te puede confundir con otra persona. Y las consecuencias pueden ser imprevistas.

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