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El fracaso tiene un precio

Está sorprendido y algo frustrado Pedro Sánchez. La población también está frustrada con las actitudes numantinas de unos y otros que solo pueden conducir a una repetición electoral y a más de lo mismo aproximadamente. Las negociaciones están rotas sin que se haya producido una negociación rigurosa en algún momento. Han ido pasando las semanas y la realidad política sigue en idéntico e inamovible lugar. Se echan balones fuera del campo y el juego no progresa. Esto exige alguna amonestación. Una tarjeta amarilla a los contendientes.

La consulta de Unidas Podemos a sus bases sobre la investidura de quien sigue instalado como presidente en funciones, ha terminado de arreglar el espinoso asunto. No tocaba ahora. Y menos de ese modo. Iglesias hace las cosas a su manera, rígidamente, y así, sin andar, no se hace camino. Lo que toca, al margen de otras consideraciones, es el mejor pacto posible de gobierno con los socialistas. O urnas otra vez. No es imprescindible un Gobierno de coalición. Por encima de la ambición particular, es más importante un poco de flexibilidad y dejar a un lado la idea de cómo poder justificar un corte de mangas a Sánchez.

Cada político necesita un relato de cara a la opinión pública en un intento de no quedar mal. Defender lo propio y apuntar al vecino con el dedo acusador. El líder del PSOE ha hecho distintas ofertas al jefe de la formación morada. ¿Mejorables? Sí. En eso consiste negociar y no salir corriendo. Que Sánchez ofrezca ministerios a Iglesias para personas cualificadas de su ámbito, le da la espalda a este y es un puntapié en las espinillas. Aun así, no vale pensar que «soy ministro o hay elecciones».

Queda menos tiempo. El documento de la negociación se podría modificar y perfeccionar con la vista puesta en marcar prioridades y objetivos, ya que el punto de partida no incluye las principales medidas sociales contempladas en los presupuestos firmados por Sánchez e Iglesias en 2018. Comienza la cuenta atrás. Todos deben asumir su responsabilidad si queremos que funcione la maquinaria. O atenerse a las consecuencias.

No existe alternativa a un Gobierno del PSOE. Ni en julio ni en septiembre. Cualquier líder debe poner soluciones encima de la mesa, incluso en beneficio propio, y no más problemas que atasquen y empeoren la situación. El coche está en punto muerto y ningún dirigente se despeina y afloja sus humos. Triunfan los recelos. Las ruedas se desinflan, no avanzan.

Los próximos días 23 y 25, si alguien no lo remedia, van a ser la crónica de un tropezón anunciado. El de la investidura de Sánchez. Todos intentan legitimar su estrategia y no cargar con el precio del fracaso. Pero ninguno tiene autoridad moral para hacer lo que le plazca en perjuicio de la sociedad que le pone ahí. En una negociación, en favor del progresismo y de la transversalidad, no debe haber ganadores ni derrotados.

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