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La turbo rotonda

Alicante hay un número de suicidas elevado, si bien debe decirse que se trata de suicidas obligados por las circunstancias y la dejadez de los responsables del riesgo. Veinte mil vehículos transitan diariamente por la rotonda de la Universidad que, multiplicados por 365 días al año y los que lleva abierta dicha vía, nos da la imagen certera de millones de conductores que, con valor y arrojo, penetran en el interior de esa ruleta en la que no se sabe si entrarás bien y saldrás indemne.

Ahora, tras varios decenios de mantener casi el mismo estado inicial con un conocimiento consciente del peligro, de haber sufrido accidentes que solo la bondad divina ha impedido culminar en mayor gravedad, inventa no se sabe quién una solución genial: la llamada turbo rotonda. Esta ingeniosa idea, sustitutiva del hacer lo debido y más económica, consiste en lo mismo, pero aderezado de carriles pintados que llevan en direcciones varias y delimitados por líneas continuas cuyo cumplimiento, me temo, será el mismo que el límite de velocidad de cuarenta kilómetros por hora, que nadie respeta y que a nadie se le ha ocurrido controlar. El lío va a ser espantoso, los cambios de carril entre el turbo y el no turbo serán la regla y vaticino que, como hasta ahora, se impondrá el lema de correr si estás dentro, salir como puedas atendiendo a quién te viene por ambos lados y entrar, eso sí, con arrojo y valentía en el espacio de escasos metros que te deja el que viene por tu izquierda, normalmente a velocidad intimidante. Esa es la realidad, constatada y ante la cual la solución de pintar rayas y ordenar el caos, es mera astucia para eludir la adopción de la solución que asegure la integridad de las personas.

La falta de diligencia de los competentes en la materia, durante lustros, es de una evidencia que pasma, unida y lo siento, a la pasividad de todas nuestras autoridades universitarias que, padeciendo el mismo mal, pues no entran o salen en helicóptero, no han adoptado posiciones con el brío proporcional al mal causado, que se traduce, insisto porque no es baladí, en un riesgo cierto para las personas y su integridad física. Se han hecho mal las cosas en este asunto y alguien o todos han mostrado escasa atención por un problema real y conocido. La pasividad ha sido manifiesta y la tolerancia de la comunidad universitaria, solo comprensible en el ambiente generalizado que existe en la institución en general, no solo aquí.

La solución era evidente, un paso elevado o subterráneo, justificado por los usuarios, muchos. No había que superar accidentes geográficos de entidad, pues San Vicente es un llano que permite estas obras con una simple perforación de tierra. No había tampoco que hacer grandes modificaciones en el campus y, si eran necesarias, espacio hay para ello, pues nos pertenecen los alrededores y las entidades públicas seguro que hubieran cedido graciosamente lo que hubiera sido necesario. Solo ha faltado voluntad, que se ha traducido en el abandono a su suerte de veinte mil vehículos y más miles de personas y cierto regusto por el riesgo.

Ahora se entra en el etapa del turbo. De nuevo el ingenio español frente a la evidencia de lo obligado. Desde luego mucho más barato que lo imprescindible. Dos rayas pintadas, varias direcciones en forma de laberinto indescifrable y falta de entendimiento real del problema, pues poco se deja para la entrada y salida de la Universidad, que tiene más de treinta mil alumnos y profesores y personal de administración y servicios y, los días de fiesta, vecinos que vienen a pasar el día en nuestros parques arbolados. Una ciudad con una salida en forma de embudo y una trampa mortal ahora reducida en sus posibilidades y condicionada a que los demás cumplan. Porque, si alguien ignora el turbo, el riesgo se multiplicará en quienes tampoco saben muy bien lo que tienen que hacer. Confiar en el cumplimiento ajeno de las obligaciones, cuando la infracción se puede tornar en acciones más graves que ahora, debería entrar de lleno en el ámbito de la responsabilidad.

Promesas se acaban de hacer en forma de palabras. Lo mejor es un túnel ha dicho alguien desde la Generalitat. Inteligente el que ha apreciado lo que desde hace lustros muchos vemos sin necesidad de alcanzar un puesto oficial. Pero, de ahí a que alguien haga lo obligado, dista mucho; de ahí a que las autoridades universitarias adopten medidas de fuerza, de palabra en nuestro ámbito, no de otro signo, otro tanto. Mucho me temo que me jubilaré con el mismo estado inicial, que inauguré siendo un joven profesor ayudante. Toda una vida asumiendo riesgos con la alegría adolescente que da vida a nuestra institución. He llegado a pensar que tanta pasividad se explica en la necesidad de mantener vivo el espíritu aventurero del universitario una vez que Bolonia ha agotado la imaginación y somete la investigación y la docencia a los cánones de lo políticamente correcto y excelente. Pero, hay aventuras que Dios quiera que no acaben mal. En ese caso, las palabras no serían suficientes.

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