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Circo político de los horrores

Mucho más que un debate en el Parlamento, es un espectáculo de televisión donde cualquiera de los participantes juega a interpretar sus monólogos para que los telespectadores pasen un rato entretenido, rían, se convenzan o no, pataleen o silben. Una escenificación en la que las apariencias engañan y, por tanto, nada es lo que parece.

Sánchez pide la abstención una y otra vez al PP y a Ciudadanos no para que se abstengan, sino con el fin de desgastarles, aunque ya se desgastan ellos solos con sus infumables discursos. Casado y Rivera lanzan piedras a Sánchez, algunas de grueso calibre, pero en realidad las lanzan sin querer contra su propio tejado. Así, la ingenuidad se disfraza, y los que parecen audaces hacen el ridículo.

El candidato retrata a estos dos rivales, fuera de sí y de lugar, y justifica su probable pacto con Unidas Podemos como única salida que evite la repetición de elecciones, cosa no descartada aún, pese a que seguramente no se repetirán como es lo más lógico. En cualquier caso, Pedro Sánchez se coloca en primer término del escenario, en el mejor puesto posible. Pase lo que pase.

El líder popular y el superintendente naranja creen que le vapulean, pero los desvaríos de ambos personajes solo le pueden dar aire. Iglesias no quiere ser un simple figurante y continúa con el papel de San Pablo en toda esta representación, sabiendo que la única opción auténtica es un proporcional Gobierno de coalición preferentemente, aun no estando él en uno de esos asientos que ha perdido en el juego de las sillas.

Sánchez y el vetado Iglesias intercambian golpes en el gran guiñol de la política, de la investidura, en vez de abandonar los vaivenes, de aplicar bálsamo, que suavice la relación entre socios (que no se tragan), y de huir del circo político de los horrores. Las circenses actitudes de Albert Rivera contribuyen a ello. Y de qué forma. Sánchez «tiene un plan y una banda que quieren liquidar mi país», dice este ciudadano. Criminaliza esperpénticamente, pero el que criminaliza, según él, es Sánchez.

Por fortuna, ahí está Rivera, con su artificiosa crispación a flor de piel, para desmontar el maléfico plan, que solo puede consistir en garantizar derechos sociales. Ni él ni Casado reconocen la legitimidad y el resultado electoral del todavía presidente en funciones. «¿Quién es usted realmente?», le pregunta el líder del PP.

Los dos luchan por ser líderes de la oposición y compiten con los delirios de Abascal y su regreso al más oscuro pasado. «Usted nos depara calamidades», afirma en su panfleto. O lo de «dictadura progre» o «totalitarismo feminista». Partiendo de la base de que todo el mundo cojea de alguna forma, este es el aliado de los populares y de Cs. Los tres tenores que desafinan e interpretan una falsa realidad en busca de aplausos.

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