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Cómo llevar un disparate a la ley

Años antes de que el joven ingeniero y jurista norteamericano Joseph Overton perdiera la vida en su ultraligero en los alrededores de un aeródromo en Michigan, había concebido una de las teorías que mejor retratan a estos tiempos: una ventana en la que se ubican las políticas socialmente aceptables. Fuera de ella se localizarían los planteamientos impensables -aquellos considerados intolerables para la ciudadanía-, pero que pueden llegar a incluirse dentro de lo admisible si se provocan en la opinión pública insistentes presiones o si lo proponen líderes con especial astucia.

Para este sugerente razonamiento, todo lo inviable es capaz de transitar hacia lo extremado y desde ahí alcanzar paulatinamente el marco de lo sensato o popular tras operar sobre las sociedades las oportunas influencias. Las opciones tradicionales de izquierda y derecha ceden a este nuevo escenario, porque los partidos solo ganan o pierden votantes si sus ideas permanecen en el interior de ese estrecho ventanal de lo tolerable en un momento dado.

Para convertir algo inconcebible en ley, Overton describe un peculiar guión. Se tratará, primero, de llevarlo a la radicalidad, a través de exámenes pseudocientíficos y recurriendo a la agitación social. Luego, se validará gracias a eufemismos o neolenguas equívocas, así como por la divulgación de antecedentes manipulados del asunto en cuestión. Y acabará transformándose en un respetado argumento cuando se extienda la especie de que oponerse a él es propio de peligrosos reaccionarios. Finalmente, lo descabellado terminará formando parte de la agenda institucional y legislativa, rematando así el proceso.

Este panorama orwelliano ya está aquí, debido al relativismo imperante. La ausencia de parámetros para distinguir el bien del mal, junto con la desideologización creciente de formaciones dirigidas por personajes insustanciales, hacen de la vida pública una angosta cristalera por la que desfilan con preocupante frecuencia propuestas traídas al debate ciudadano desde los rincones más alejados de la racionalidad. Materias disparatadas sobre las que hasta hoy existía consenso en su incompatibilidad con la civilización, se tornan factibles como consecuencia de estas arteras maniobras así como de una pueril interpretación finalista de la libertad, que es "un buen caballo para cabalgar, pero hacia algún sitio", como dejó lúcidamente escrito Matthew Arnold, un clásico del pensamiento británico del siglo diecinueve.

En su ventana, Overton observó que las proposiciones absurdas o delirantes podían tener indistinto origen en ámbitos liberales o colectivistas, como en la actualidad advertimos en el contexto nacional e internacional. Los desvaríos recios a los que nos tienen acostumbrados determinados dirigentes mundiales que no necesitan citarse, de uno u otro signo, confirman que las genuinas paridas que nos han venido produciendo hilaridad polarizan ahora la información seria y las conversaciones cotidianas, sin mencionar esas extravagantes tendencias adanistas en las que se insiste hasta la náusea, que no tienen un pase se miren por donde se miren.

Tal y como evolucionan las cosas, no tardaremos en divisar desde esta ventana de la corrección política a los terraplanistas y sus cuates, discutiéndose sus postulados en los parlamentos. Lo mismo que podrá suceder, si nadie lo remedia, con otras iniciativas inimaginables que no dejan de abrir telediarios pese a constituir auténticas gansadas o cojudeces, como gusta decirse en América.

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