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Recapitulando: compás de espera

Desde la moción de censura, la política española está metida en un berenjenal y no avanza. La única certeza es que se ha sumido en una polarización que la paraliza. Los dirigentes políticos no aciertan a manejar la situación conformando, al menos, un Gobierno estable y eficaz. El escrutinio de las elecciones de abril otorgó al PSOE, y solo a él, un margen de maniobra cómodo para lograrlo. Sin embargo, el trámite de la investidura está siendo demasiado largo y farragoso, un cúmulo de iniciativas confuso y desordenado, lesivo para las instituciones. Los hechos incitan a los ciudadanos a sospechar de los verdaderos objetivos de los partidos.

El juego político está protagonizado, en primer lugar, por el candidato, el único con posibilidades reales de presidir el Gobierno. Pedro Sánchez planteó un ultimátum a Podemos y cuando fue rechazado anunció que ya no era aspirante, pero no ha dejado de comportarse como tal, marcando los tiempos a su antojo, y ha confirmado que tiene programados encuentros con todos los partidos a la vuelta de las vacaciones. Fiel a su costumbre de desdecirse, nadie sabe cuál es su intención. Las apresuradas reuniones con organizaciones sociales y el retorno a la idea de un Gobierno monocolor han provocado el desconcierto general, pues no está claro si de esta manera manifiesta la firme voluntad de gobernar pese a las dificultades que opone el Congreso actual o está pensando en arriesgar su futuro político en unas elecciones. Lo más probable es que dedique el verano a sopesar la conveniencia de ambas posibilidades. El grado de flexibilidad que muestre en septiembre con los grupos nos indicará cuál es su opción definitiva. Pero mientras, ha sido señalado como el principal responsable de su fracaso en la sesión de investidura de julio por un sector amplio de la opinión pública y el PP lo ha cuestionado capciosamente, como hizo él con Pablo Iglesias, sugiriendo la postulación de otro candidato.

Luego están los partidos destinados a la oposición. No parece que el PP y Ciudadanos estén dispuestos a hacer un sacrificio para evitar la dependencia de Podemos y de los partidos independentistas que pueda padecer un Gobierno socialista, que perciben con tanta inquietud. Su contribución a la gobernabilidad se reduce al rechazo a Pedro Sánchez, lo que de hecho es una forma de desentenderse del asunto. No se conoce ninguna otra propuesta suya, cuando bastaría la colaboración de uno de ellos para dar estabilidad parlamentaria al Gobierno y reorientar su política territorial. Es claro que esto no será posible hasta que los votantes decidan de una vez a cuál de los dos corresponde liderar el bloque de derechas. Por el momento, Ciudadanos no se resigna a asumir el papel de tercer partido y desempeñar la función de bisagra en un sistema multipartidista.

La posición de Podemos es dramática. Tal como se presenta el panorama, de su voto depende en buena medida el voto de los nacionalistas, que tendrán la última palabra, y la formación de un ejecutivo de izquierdas, bajo la amenaza para su evolución política de unas elecciones de alto riesgo. Se encuentra ante el dilema que supone apoyar a un Gobierno en unas condiciones mucho peores que las que rechazó en la negociación anterior. Si accede a la petición del PSOE, sería una derrota política sin paliativos con graves consecuencias para la formación política. Si se resiste, podría sufrir un severo castigo en las urnas. No obstante, a pesar de lo dicho estos días por él mismo, entra dentro de lo posible que finalmente Pedro Sánchez acepte una coalición con el único fin de salvar el Gobierno y evitar unas elecciones cuyo desenlace no es seguro.

En la coyuntura actual, donde se dan cita la sentencia de los independentistas, la necesidad de unos presupuestos, el Brexit y tantos otros asuntos pendientes de la máxima importancia, la presencia de un partido en el Gobierno debería ser una cuestión secundaria, tanto para el PSOE como para Podemos. Tan subsidiario es estar en el Gobierno como tener que compartirlo con otro partido. La prioridad es un Gobierno con un programa habilitado por una mayoría parlamentaria. Ni Podemos debería condicionar el apoyo al Gobierno a su participación en él, ni el PSOE hacer causa de su exclusión, teniendo una mayoría parlamentaria tan minoritaria.

La forma en que Pedro Sánchez aspira a concitar el apoyo de todos los partidos, por activa o por pasiva, es muy conflictiva. Daría paso a una legislatura harto difícil y llena de desencuentros e incidentes. En todo caso, es probable que eso no suceda. Entonces, al candidato socialista cabe pedirle que hable claro. Si hay un motivo serio para desconfiar de Podemos, no puede haber una razón buena para alcanzar un acuerdo de gobierno, con coalición o sin ella. En ese supuesto, el PSOE estaría obligado a elegir entre hacer un giro en su estrategia o condenarse al aislamiento. Pero el problema, en realidad, no es la desconfianza, que es parte sustancial de la pugna política, sino un partidismo inflamado. Habrá Gobierno, o no, si se concilia el interés de dos o más partidos y según resulten de propicios o adversos los cálculos electorales de cada uno. Casi cuatro meses después de las elecciones, aún no hemos visto una reunión formal de los dirigentes políticos trabajando sobre el próximo Gobierno ni hemos recibido la explicación debida de en qué ocupan el tiempo. Y esto no abona la confianza que los ciudadanos tendrían que tener en ellos.

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