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El resurgir de nuevas islas

El calentamiento global propicia el derretimiento polar y la emersión de tierras

Es un hecho conocido que una de las consecuencias del cambio climático imperante es el retroceso de los glaciares -suceso bien constatado observando imágenes de satélite de diferentes épocas- y la desaparición paulatina de la masa helada, lo que hace aflorar suelo firme desconocido. La fusión del hielo de los casquetes produce un reajuste de la corteza, con un levantamiento de la misma debido a la eliminación de la inmensa carga soportada. Una de las zonas que está de vigente actualidad es el archipiélago ruso de Nueva Zembla ubicado en el océano Glacial Ártico.

Lo conforman dos grandes islas, que ocupan una extensión de 90.000 kilómetros cuadrados, separadas por un estrecho. Durante los últimos años se han descubierto en este ámbito gélido varios cabos, islotes y bahías no detectadas con anterioridad. Uno de los últimos hallazgos lo constituye un conjunto de cinco pequeñas islas en una importante zona glaciar, ya avistadas en 2016 por una estudiante de la Universidad de San Petersburgo que se encontraba realizando su trabajo fin de carrera centrado en el análisis de imágenes de teledetección. Ello permite a Rusia la posibilidad de adicionar nuevas tierras para consolidarse en el extremo septentrional del planeta.

Este afán acaparador dio comienzo a principios del milenio cuando ese país pretendió apropiarse de dos dorsales oceánicas (Lomonósov y Mendeléiev), lo que fomentó la perspicacia de los estados y un buen número de litigios sobre la delimitación de las fronteras marítimas (informe ONU, 18 de enero de 2002). No es sólo la Federación de Rusia la que intenta anexionarse nuevas zonas del Ártico, otras naciones como Dinamarca o Canadá también entraron en la pugna por hacerse con la dorsal de Lomonósov. Tampoco pasó desapercibida la intención de EE UU de comprar Groenlandia, propósito tomado por Copenhague como una más de las ocurrencias del excéntrico presidente Donald Trump. Volviendo al tema de origen, el aludido archipiélago ártico fue noticia en los medios de comunicación de los años 50 del pasado siglo cuando la Unión Soviética lo eligió como escenario para realizar pruebas nucleares, entre ellas la primera gran bomba de hidrógeno. Recientes investigaciones realizadas sobre glaciares en estas regiones hallaron concentraciones notables de partículas nucleares (isótopos de plomo, cesio y americio), ocasionalmente hasta diez veces por encima de lo habitual.

Este almacenamiento de radionucleidos está motivado por las antiguas pruebas atómicas, a las que hay que añadir los efectos de los accidentes de Chernóbil (Ucrania) -produjo lluvias ácidas por amplias zonas del norte de Europa- y Fukushima (Japón). El peligro estriba en que el deshielo produce el arrastre de estas partículas, pudiendo ser adsorbidas por las plantas y llegar a formar parte de la cadena alimenticia. Desde el punto de vista medioambiental, el deshielo provocado por el cambio climático paradójicamente retroalimenta a éste, dado que el efecto albedo (porcentaje de radiación que refleja una superficie respecto a la que recibe), junto a la liberación de gases de efecto invernadero (sobre todo metano y carbono) atrapados en el suelo permanentemente congelado (permafrost), la alteración de la circulación oceánica o el cambio de patrones de circulación atmosférica vigorizan, a su vez, el calentamiento global. ¿Por qué ese interés de los países por ampliar y consolidarse en el extremo norte del planeta?

Además del valor estratégico de ese mar de provisión, son muchas las riquezas que atesora el subsuelo de la región ártica, entre ellas ricos yacimientos de materias primas (hidrocarburos y minerales) y, de manera especial, inmensas reservas de tierras raras, elementos químicos esenciales para fabricar las baterías de los coches eléctricos. A todo ello hay que señalar el gran impulso que realiza el Kremlin por promover durante todo el año la navegabilidad marítima entre Asia y Europa por estos lares, como alternativa viable al tráfico por el canal de Suez. Sin lugar a dudas, quedan por escribir muchas páginas sobre el devenir geopolítico y económico de esta sugestiva franja geográfica.

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