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Un torpedo fuera de foco

La ausencia de oportunidades devora a quienes aguardan a que les llegue la suya. El espacio inhabitable en el que esperan, desconchado y sin sofá, se va estrechando como las paredes de las habitaciones que salen en las películas. La ansiedad tira de ellos hacia abajo, les pone la zancadilla, les hace burla cuando cazan su cara en el espejo. Les llenan el día a día de trampas en las que -por más que se resistan- va cayendo su autoestima, cada regreso a casa más menguante, más exigua. Hay que ser muy sobrio para insistir en tu tarea sin perder las formas, sin echarle la culpa a nadie, hay que ser muy buen tipo para no dinamitar un grupo cuando el líder, hagas lo que hagas, te da la espalda.

Álvaro Pérez, de profesión futbolista, es uno de ellos, un central valiente al que la suerte le debe respeto. Siempre a la sombra, fuera de foco, cargando con la cruz de la polivalencia, esa virtud escasa que dicen valorar mucho los entrenadores, aunque rara vez te beneficia porque ocupas varias plazas, pero ninguna en propiedad. Al final, quien nombra con tiza a los elegidos acaba escogiendo a los especialistas. El curso pasado no estuvo ni 900 minutos sobre el césped, algo que los «habituales» alcanzan en un cuarto de competición. Vio más partidos desde la grada que desde el banquillo, pasó muchas semanas seguidas fuera de las convocatorias y nadie le escuchó un reproche en público. Ni una mala palabra. Álvaro es de los que aprieta los dientes y golpea la taquilla cuando los demás se han subido al autocar para no generar conflicto. Da igual si le tratan como a un niño, si escucha que es pequeño para defender balones aéreos con sus 181 centímetros... Él sabe transformar toda esa rabia en corriente alterna, de ahí que a veces que le cueste disimular su fiereza dentro del campo.

Después de dos encuentros seguidos como titular, en su sitio, de no haber encajado goles, de haber devuelto el valioso concepto de la defensa por anticipación al juego colectivo (arropando al lateral), después de todo eso y de sumar en ataque tendrá que volver a lidiar con la probabilidad de que el equipo necesite fichar a alguien en su perfil tras el infortunio de Samuel. El viento nunca sopla a favor de quienes no saben dónde van. A Álvaro eso no le pasa, tiene muy claro su objetivo y rendirse no es una opción que entre en su cabeza, da igual lo repleto de baches que esté el camino. Si no es aquí será en otro lugar. Es la cara menos amable de un deporte en el que el estigma del egoísmo viaja siempre en la mochila de los jugadores.

En un buen número de casos es así, pero hay otros flagrantes en los que no, en los que hay que asumir que el karma es perezoso, que lo que das no se te devuelve con la misma intensidad, que nadie mirará mejor por ti que tú mismo, que cuando tu nombre pasa de puntillas por la grada eres el eslabón más débil de la cadena. El 30 de junio del año que viene le tocaría renovar su vínculo con el Hércules, ese día hará lo mejor para sí mismo y nadie podrá ponerle reparos a lo que decida porque, desde la incomodidad de ser segundo plato, se ha ganado el derecho a que no se ponga en duda ni su honestidad ni su compromiso.

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