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Veinte mil duros

Caigo en la cuenta de la efemérides (40 años) y desempolvo el recuerdo de aquel día, del ajetreo de un pequeño pueblo de 600 habitantes, el mío, ante la llamada a las urnas de las elecciones municipales del 79 para elegir ediles entre caras conocidas. Sin edad para depositar el voto, decidí curiosear en aquella jornada histórica que llegaba radiante con los pegadizos acordes que Jarcha plasmó en «Libertad sin ira». Y por allí, dando vueltas, de un lado a otro, acabé acercando la oreja a un banco de la plaza de la Iglesia, donde un padre octogenario aleccionaba a su hijo cuarentón acerca de las virtudes del último alcalde franquista: «Le concedieron veinte mil duros para el pueblo y ahí siguen, sin tocar, en la caja. ¡Un hombre honrado!», enfatizó el anciano ante su primogénito y ante quien le quisiera escuchar. El mensaje, sin embargo, encontró réplica. Fue su propio hijo quien acabó torciéndolo con similar tono de voz: «¡Y para qué quiere tener el pueblo veinte mil duros en una caja si su alcalde no es capaz de gastarlos en una mala farola que nos alumbre por la noche!». La frase sonó a incontestable sentencia, tanto que, al abandonar su asiento, el viejo solo atinó a mascullar algo así como « tú lo único que sabes hacer es llevarme la contraria, pero no ahora, sino desde que cumpliste cinco años». Al final de la noche, el local que acogió las urnas se quedó pequeño ante la expectación generada por el escrutinio. De allí salió el primer gobierno municipal democrático, con alcalde socialista para más señas, el que debía disponer de los veinte mil duros (y los que pudieran llegar) para mejorar la calidad de vida de todos, el que debía rendir cuentas del gasto y el que quedaba sometido a la aprobación del pueblo para mantener o no su confianza cuatro años después. Es lo que tiene la democracia: lo alumbra todo.

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