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Los ultras y la costura

Fui a un colegio de monjas en el que había una asignatura que se llamaba Labor. Sí, lo sé, les hablo de hace casi cuarenta años. ¿En qué pasábamos el rato? Pues en coser, claro. Allí aprendí a hacer punto de cruz y bordé una tela que aún tiene mi madre enmarcada y colgada en una habitación. Es todo lo que aprendí en esas clases que daba una monja que no se levantaba de su mesa en toda la hora mientras treinta y seis niñas (sí, entonces las clases eran así) nos dedicábamos a jugar y cuchichear sin parar mientras apenas dábamos cuatro o cinco puntadas con hilo.

Eso es lo que recuerdo de las clases de Labor, eso y que al final del curso tenía que terminar el paño en casa, tres noches seguidas dándole a la aguja mientras veía la tele, pinchándome cada dos por tres mientras rumiaba que me lo merecía por haber estado jugando en clase en lugar de coser.

¿Y qué he aprendido? Volé del nido familiar y me ha tocado coser botones, zurcir agujeros de los pantalones de mis pitufos o poner unos simples parches, y hasta hace nada no me sentía orgullosa de cómo habían quedado mis pequeñas obras, teniendo en cuenta cómo al poco tiempo se han ido deshilachando y me ha tocado coger de nuevo la aguja.

Pero todo ha cambiado, me ha iluminado Alicia Rubio, diputada de Vox en la Asamblea de Madrid , que propone la asignatura de costura en lugar de la de feminismo porque «empodera mucho coser un botón» y «el feminismo es cáncer».

Sí, coser empodera que no vean, me siento tan realizada, tan fuerte, tan importante, tan segura que voy a poner hoy mismo a mis pequeños a coser, nada de enseñarles valores, ¿para qué? Mujeres del mundo, uníos, salgamos a la calle y digamos bien fuerte: «costura, costura, costura». Compañeras del periódico, no vengáis a trabajar con un bolígrafo, traed aguja, hilo y un botón.

En fin, espero que hayan notado la ironía por unas declaraciones que me producen profunda vergüenza y ante las que no deberíamos dejar que nos cosan la boca los ultras.

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