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Opinión

Alicante, París y Londres

En mis inicios en la profesión recalé en un municipio de la provincia que anteponía su nombre a los de París y Londres. Aquello sonaba presuntuoso, pero daba muestra del orgullo de sus habitantes por el lugar en que nacieron o crecieron. Pronunciado de forma seguida (prueben a hacerlo), el aserto resultaba ciertamente contundente. Era el equivalente capitalino a la millor terreta del món, luego evolucionado por la generación del «baby boom» a la rebautizada como Alifornia. Es muy probable que muchos de los primeros no hubieran puesto jamás un pie delante del palacio de Buckingham y que la mayoría de los segundos y terceros no hayan viajado jamás a Nueva Zelanda (por citar uno de los países con mayores índices de bienestar) o a las soleadas playas de Santa Mónica, los verdes viñedos de Napa Valley o el ultramoderno Valle del Silicio. Hace décadas que esta tierra vive prisionera de sus pretensiones, a la sombra del menfotismo y del que inventen ellos de Unamuno. Aunque, ojo, no es todo atribuible al trillado menfotismo alicantino. La consecuencia lógica de que las universidades de la Comunidad Valenciana estén infrafinanciadas es que apenas les queda dinero para investigación, lo que nos traslada a un escenario de tocata y fuga de cerebros. Las universidades de Alicante y Elche hacen todo lo posible por el regreso de tanto talento emigrante. ¿Para qué? Para encontrarse con las mismas carencias que les llevaron a marcharse, sin posibilidad de acercarse siquiera a París o de soñar con convertirse en la California del Sur. Es hora de cambiar, de apostar por las universidades; de desmontar la frase de Unamuno y de quedarnos solo con sus novelas.

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