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Contradicciones

La misma aerolínea que va desparramando inútilmente mil litros semanales de queroseno desde hace dos años sobre los Picos de Europa regatea a sus trabajadores el sueldo y los trienios a cambio de la promesa poco estable de no cerrar una base que ha sido sostenida indirectamente con 60 millones de euros públicos solo en Catalunya durante los últimos 15 años. La excusa que aducen para emitir gratuitamente dos toneladas extra de dióxido de carbono en cada vuelo entre Barcelona y Santander es que la navegación aérea requiere salir con tiempo de antelación, por si surgen imprevistos (tenemos suerte de que la línea no sea de servicio público). En la negociación laboral, en cambio, los márgenes importan menos, si bien a la plantilla de Girona se le dio opción entre precarizarse voluntariamente o irse al paro. Ryanair no tiene término medio; o bien despega antes de que abran el aeropuerto de destino y luego tiene al pasaje dando vueltas como una peonza sobre la pista de aterrizaje, o le cancela la salida después de marearlo con retrasos inexplicados, como sucedió el otro día en Menorca.

Los portavoces de la compañía se caracterizan por no dar demasiadas explicaciones, salvo cuando les interesa. Será que se las piden poco o que no lo hace quien debería. En general, el sector aéreo empresarial es parco en palabras cuando se trata de demostrar que efectivamente juega limpio al libre mercado, al que tiene una estima voluble. Siguen prefiriendo pagar la multa y moverse entre los márgenes, donde acumulan ganancias tan suculentas que los aeropuertos se los rifan. Sin que Bruselas haya entrado aún a analizarlo, la unión de Iberia y Air Europa tiene toda la pinta de monopolio; controlará nueve de cada 10 vuelos en más de una docena de aeropuertos españoles. Queda por ver cuál será su coste laboral, cuando a los trabajadores de Thomas Cook, por ejemplo, no les ha quedado otra que aceptar la mínima en su retiro forzado y, por contra, ha faltado tiempo para que el resto de operadores se lancen a por los restos del naufragio. Sin embargo, por mucho que nos conmueva Greta Thunberg cruzando el Atlántico en catamarán, seguiremos cogiendo el avión, porque si usáramos más el barco, subiría de precio y encima tardaríamos más en llegar.

En este país hemos demostrado muy poca comprensión hacia las compañías aéreas y sus políticas de mercado y de precios. Qué culpa tendrán ellas de que unas veces suba el precio del queroseno y otras les sometan a un control de seguridad tras otro para evitar que no escatimen puestas a punto en sus aparatos. O de que el cielo europeo parezca la M30 de Madrid en hora punta. O de que cada vez nos apetezca más viajar. Los pasajeros nos hemos convertido en un estorbo desde el mismo momento en que nos empeñamos en subir a bordo el bolso con una sola muda para tres días o en facturar gratis el equipaje embutido como un Tetris en una maleta de mínima expresión. Somos una corte de quejicas y los más recalcitrantes, los que vivimos en las islas, con el favor que nos han hecho en años de cobrar a precio de oro nuestras rutas sin importar demasiado que tiraran los precios en travesías transoceánicas.

Hemos tardado tiempo en rendirnos al hecho de que el transporte es un negocio, que cotiza en Bolsa y se reparte los dividendos y, si no los hay, no interesa. Lo es tanto, que se permite seguir manteniéndonos cautivos y que encima aplaudamos sus alianzas, como si estuvieran pensadas en favor del bien de todos. Siempre nos quedará el mar, aunque, visto lo visto, mejor dejarlo estar. El dinero siempre juega a la política de menos es más.

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