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Muerte y renacimiento de Artaud

Las intermitencias del ser, el reflejo de la aventura creativa de un hombre ante el abismo

En un trabajo introductorio que va más allá del estricto formalismo académico, penetrando de modo consciente en el terreno del ensayo con espíritu de narración, hasta alumbrar un texto que acaba por reclamar su autonomía frente al objeto de estudio que lo justifica, Francisco González Fernández sitúa en el origen de su extraordinaria edición a Las intermitencias del ser, de Antonin Artaud, la buena nueva de una anunciación y el relato estricto de un fracaso. Lo que en estas páginas se dirime es, en efecto, un sacrificio: el rechazo de los versos de un poeta propiciarán, paradójicamente, la consagración de un escritor sin epígonos. Como pocas veces habrá sucedido a lo largo de la historia, un autor, Antonin Artaud, penetra por la puerta grande de la literatura del siglo gracias a un rechazo editorial. Eso narra, en definitiva, la parte que inaugura Las intermitencias del ser, conformada por el intercambio epistolar que Artaud y Jacques Rivière, el malogrado editor de La Nouvelle Revue Française, mantuvieron entre mayo de 1923 y junio de 1924. Artaud quería publicar unos versos en la revista, Rivière le negó el espacio pero le concedió su confianza, ambos comenzaron a cartearse, al principio con escrúpulo, después con incomprensión, finalmente con empatía. El resultado fue que las letras franceses no ganaron para su haber, como acaso Artaud hubiera soñado, a un nuevo Rimbaud, pero que por el camino Rivière, y con él la literatura de su época, descubrieron la abrasadora fuerza de una forma salvaje y sin émulos de concebir la escritura, decir el mundo y admitir la locura. En palabras de Pierre Michon, que González Fernández emplea como exordio a su estudio, Artaud «era algo intolerable y bello, es decir literario». Las intermitencias del ser recoge ejemplos variados de la creatividad de Artaud: poemas exultantes de imágenes, cartas amenazadoras y jocosas, brevísimas piezas teatrales, insultos a la autoridad, aforismos de aroma cabalístico. Si la vida, siguiendo el criterio autoral, consiste en «quemar preguntas», la escritura lucha por mantener sin fracturas el cristal frágil de la conciencia. Por ello «mente» es la palabra más recurrente en estos textos. Porque la aventura creativa de Artaud es la de un hombre consciente de hallarse ante un abismo: el de su cordura herida. La mayoría de escritores luchan por dotar de sentido a su tarea; Artaud debía además pelear para que su conciencia no se hiciera pedazos mientras intentaba apresar el mundo. Desde Blake a DeLillo, han sido muchos quienes han defendido que la locura es la decantación privilegiada, la versión rotunda que separa el metal de la ganga, la maniobra que condena al silencio las voces falsas que anidan en el interior de la conciencia. Las intermitencias del ser permite asistir a esa contienda a pie de obra y añade el privilegio de escuchar un órgano de la mente que no se parece a ningún otro, y que como cualquier episodio del genio posee algo de aterrador y religioso, una furiosa enmienda a la totalidad.

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