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Joaquín Rábago

Ha vuelto a suceder

Sí, efectivamente ha vuelto a suceder que la demagogia, la manipulación y las mentiras han contribuido al triunfo de un político de un político hambriento de poder y sin demasiados escrúpulos.

Me refiero, por supuesto, a la aplastante victoria en las urnas del tory Boris Johnson sobre el laborista Jeremy Corbyn, que sigue un patrón similar al establecido por el estadounidense Donald Trump, al que aquél tanto se parece en muchas cosas.

Confiaban muchos en las posibilidades que parecía ofrecer internet de ampliar la democracia a sectores olvidados por los grandes medios de comunicación, dominados por los poderes económicos, pero se ha visto que no siempre es así: las redes sociales han contribuido a aumentar también las posibilidades de manipulación de un electorado cada vez más confuso.

Con ayuda de los medios y de las redes, un miembro de las elites gobernantes, educado en una de las universidades más prestigiosas del país, ha logrado convencer a millones de británicos que siempre habían votado al partido laborista de que lo único importante era que el Reino Unido se liberase de una vez de la camisa de fuerza de Bruselas para poner fin a décadas de austeridad y sacrificios.

Boris Johnson ha prometido sacar el 31 de enero al país de la Unión Europea y negociar hasta finales de ese año un nuevo acuerdo comercial con Bruselas, pero la tarea que tiene delante se presenta hercúlea, entre otras cosas, porque tendrá que cumplir al menos parte de lo prometido y evitar de paso el desmembramiento del Reino Unido.

Su triunfo en las urnas no debe ocultar el hecho de que Johnson ha - polarizado al país como no lo había hecho ningún otro primer ministro antes, algo en lo que también se parece a Trump: es un líder que suscita tanta admiración como rechazo entre sus conciudadanos.

La clara derrota de su rival Jeremy Corbyn se debió menos a la impopularidad de su programa político - acabar con las consecuencias socialmente desastrosas de años de liberalización de la economía- que a la desconfianza que el líder laborista despertaba en muchos electores por su ambigüedad sobre el Brexit, y a una orquestada campaña mediática de difamación personal.

Así, mientras todos los medios y las redes sociales se hicieron continuo eco de las acusaciones de supuesto antisemitismo de Corbyn, o al menos de su tolerancia del antisemitismo el seno del laborismo, poco parecieron contar en cambio las manifestaciones racistas, islamófobas y misóginas del deslenguado líder tory.

Johnson prometió además en campaña muchas cosas que difícilmente va a poder cumplir, a menos que consiga transformar totalmente a un partido como el tory que siempre ha favorecido a los sectores más privilegiados de una sociedad tan clasista como la británica.

Hay quienes creen que su total falta de principios incluso podría facilitarle esa tarea transformadora, que encontraría, sin embargo, fuertes resistencias internas, pero otros temen que los cinco años de gobierno que tiene por delante vayan a servir por el contrario para liberalizar aún más la economía británica siguiendo el modelo de Estados Unidos.

Aunque acaso su mayor desafío sea evitar la ruptura del Reino Unido: Escocia votó mayoritariamente al Partido Nacional Escocés, contrario a la salida de la UE, y su ministra principal, Nicola Sturgeon, amenaza con convocar un nuevo referéndum independentista, al que en principio tendría que dar su visto bueno Boris Johnson. Lo cual no puede sino repercutir también en nuestra Cataluña.

En Irlanda del Norte, que, según los planes de Johnson, quedará dividida del resto del Reino Unido por una frontera marítima aduanera, podrían crecer también las presiones a favor de su unión con la República de Irlanda, y el sentimiento independentista podría aumentar incluso en Gales. Johnson tendrá que demostrar a partir de ahora que, además de prometer, sabe también gobernar.

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