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Los nubarrones de la apariencia

«Apariencia de vinculación» con el Gobierno que «impide garantizar la imagen de autonomía e imparcialidad» de la Fiscalía. Así reza una frase del comunicado hecho por el Consejo General del Poder Judicial tras su reunión para emitir su opinión sobre la decisión del Gobierno de nombrar a Dolores Delgado como fiscal general del Estado. La frase forma parte del argumento de los discrepantes con el nombramiento de la exministra de Justicia para dicho puesto. ¿Lenguaje correcto y preciso para tan importante órgano? Sobre todo, saliendo de reconocidos juristas como han de ser los miembros del rectorado de los jueces. Al revisar el significado de apariencia que da la Real Academia Española (RAE) nos encontramos con que las tres primeras acepciones del término son: «Aspecto o parecer exterior de alguien o algo», «verosimilitud, probabilidad» y «cosa que parece y no es». Es decir, apariencia no certifica certeza, no afirma rotundidad, no define situación real. Solamente suposición, posibilidad y señala «la explicación de un hecho observable sin certidumbre de la verdad», añade la RAE.

Agarrados a esa débil argumentación los partidos opositores al nombramiento de la fiscal han elevado su antagonismo a tal categoría que alguno ha anunciado que en su recurso llegará hasta las estancias europeas. Y en su reacción a la elección del nuevo Gabinete surgido tras las últimas elecciones generales han señalado su controversia con cualquier acción o propuesta del Consejo de ministros/as presidido por Pedro Sánchez. Es decir, la crispación de tiempos pasados, decida lo que decida el equipo gobernante. Volvemos, pues, no a décadas pasadas sino a siglos ya casi olvidados, a la niebla de épocas como el medievo con sus guerras entre naciones, las más modernas luchas de religión o el tenebroso Romanticismo.

Unos versos del jienense Bernardo López García, allá por el año 1870, es decir, hace ahora 150 años, valdrían para recordar esos negros tiempos. Poeta poco conocido en los libros de texto, sus versos sí resonaron en la literatura del siglo XIX, rotundos y sonoros. «Oigo, patria tu aflicción/ y escucho el triste concierto/ que forman, tocando a muerto?», iniciaba así el poeta su patriótica oda El dos de Mayo, publicada en El Eco del País. Poema vibrante, lleno de palabras con estruendo, pienso que comparable a la Desesperación de José de Espronceda: «Me gusta ver el cielo/ con negros nubarrones/ y oír los aquilones/ horrísonos bramar,/ me gusta ver la noche/ sin luna y sin estrellas,/ y sólo las centellas la tierra iluminar». Claro que los catastrofistas del actual hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo son peores poetas que los de los tiempos de los llamados Romanticismo y Realismo. «No basta que se haga justicia, sino que es necesario que se vea que se hace justicia», sostienen en su voto particular estos vocales judiciales como si en los textos y declaraciones jurídicos -perdonen mi escaso vocabulario «iudiciális»- no se expresasen correctamente magistrados, jueces, fiscales, abogados. Y respecto al término «idóneo», como se señala en el informe, pienso que es opinativo y por lo tanto sobrepasa a «ajustado y conforme a las condiciones establecidas por la ley», que es el objetivo de la consulta no vinculante.

El lenguaje, el uso de las palabras, la precisión es verdaderamente importante en estamentos como los órganos legislativos, ejecutivos y judiciales. El catastrofismo de la oposición antes ya de la entrada en funciones del nuevo Ejecutivo creo que le lleva por un camino que no parece el marcado por la mayoría de los españoles. Sería más plausible olvidar el Espronceda de «Me agrada un cementerio/ de muertos bien relleno,.../ que impida el respirar» (Desesperación) y recordar al de «¿quién calmará ¡oh España!, tus pesares?,/ ¿quién secará tu llanto?» (Elegía).

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