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Se sentó delante de mí, en el metro, un hombre que iba vestido como para una boda, pese a que eran las seis de mañana. Quizá, deduje, volvía de la fiesta posterior al enlace, aunque no, porque llevaba el nudo de la corbata en su sitio y la raya de los pantalones estaba recién hecha. Al poco de que el convoy arrancara, cerró los ojos y se quedó dormido, por lo que pude observarlo sin miedo a resultar impertinente. Tendría unos cuarenta años y una mandíbula enérgica, con un hoyo en la barbilla como el de algunos actores norteamericanos de mi infancia. Sus zapatos, de tafilete (signifique lo que signifique tafilete), brillaban como el caparazón de algunos escarabajos. Parecían espejos negros, en el que caso de que existan espejos de ese color. Dormía con una elegancia extraña, las piernas delicadamente cruzadas y las manos apoyadas sobre los muslos. El cuello, poderoso, daba la impresión de continuar despierto, pues mantenía en perfecto equilibrio a la cabeza.

En esto, le salió del dobladillo del pantalón una hormiga que comenzó a ascender enseguida por la pernera hasta alcanzar el muslo. Allí dudó, volvió hacia atrás, y luego halló la forma de continuar subiendo por la manga de la chaqueta hasta situarse en el cuello de la camisa blanca para inmediatamente, desde él, pasarse al de carne y hueso. Pensé que las cosquillas lo despertarían, pero la hormiga correteó de un lado a otro sin alterar su sueño. Al poco, estaba en su barbilla y luego continuó hacia la oreja derecha, donde se perdió como en el interior de un hormiguero. Fantaseé con la posibilidad quimérica de verla salir por la oreja izquierda, lo que no sucedió, claro. A los treinta segundos, quizá menos, surgió de nuevo a la superficie, como si se hubiera equivocado de agujero y se dirigió hacia una de las fosas nasales, donde se perdió de nuevo, para aparecer al rato por la otra. En ese instante, el hombre abrió los ojos, se llevó la mano al rostro, cogió a la hormiga, la observó un momento entre las pinzas de los dedos pulgar e índice y la aplastó.

Por la megafonía anunciaron que el tren llegaba a la estación de Callao, que era mi destino, donde me bajé dócilmente y seguí mi camino como una hormiga más, expuesto a los peligros de la gran urbe.

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