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Bosque de Oma

Para congraciarse de veras con la naturaleza hay que tratar de ponerse a su altura, es decir, en su tempo, y sobre todo hay que dejarla en paz. Los hongos, al parecer, están acabando con el bosque de Oma, en el que Ibarrola empezó hace cuatro décadas a introducir sus signos, y se quiere reproducir en otro lugar la experiencia plástica. Un error muy propio de los que no entienden nada ni de pintura ni de bosques, y para quienes lo efímero es una pérdida, no la expresión misma de la vida. Los bosques son seres pacientes, que se toman las cosas con calma, y pueden enseñarnos mucho en ese sentido, a condición de que para aprender de ellos pongamos nuestro reloj a su horario. Quizás Ibarrola quiso con sus signos llamarnos sutilmente al corazón del bosque, para hacernos sentir sus latidos, pero los impacientes buscaban un sentido a los signos, que, así, no los dejaban ver el bosque.

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