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El teorema de Fermat y el teorema de David Beckham

Sobre el concepto de elegancia en las matemáticas y en el deporte

Cuando le anunciaron al gran filósofo y crítico literario George Steiner, recientemente fallecido, la solución del teorema de Fermat (conjeturado por Pierre de Fermat en 1637, y demostrado en 1995 por Andrew Wiles y Richard Taylor), sus colegas matemáticos le explicaron que entre las cuatro soluciones posibles se había optado por la más elegante. Steiner citó el verso del poeta romántico John Keats que identificaba verdad y belleza y pidió que le aclarasen la explicación pero, para su sorpresa, sus colegas le respondieron que no podían porque para ellos la palabra “elegante” no es una analogía ni una metáfora, de forma que Steiner (y cualquier no matemático) tendría que dedicarse a estudiar funciones elípticas quince años antes de que la palabra elegante llegase a significar algo. Aquel, recuerda Steiner, fue uno de los momentos más tristes de su vida. No sé si es triste o, como dice Joan Manuel Serrat en su canción, nunca es triste la verdad y lo que no tiene es remedio, pero lo cierto es que la demostración del teorema de Fermat solo es accesible para unos cuantos especialistas que han dedicado años de estudio a las funciones elípticas. A los demás, incluido el gran George Steiner, no nos queda más remedio que atenernos al criterio de autoridad y admitir que está demostrado que si n es un número entero mayor o igual que 3, entonces no existen números enteros positivos x, y y z, tales que se cumpla la igualdad xn + yn = zn. ¿Qué habría pasado si le hubieran hablado a Steiner de la elegancia del fútbol? ¿Es posible entender la elegancia de una jugada de Messi sin haber dedicado al menos quince años a la contemplación del balompié? Nadie duda de la elegancia de las matemáticas, aunque la mayoría no seamos capaces de entenderla, pero algunos miran por encima del hombro a los futboleros cuando hablamos de la elegancia de un pase de Messi o de una carrera de Iñaki Williams por la banda. Fernando Savater dice que ha tenido raptos más sublimes en los hipódromos que en los museos, una afirmación que puede sonar a herejía. Muchos futboleros podríamos decir que hemos tenido raptos más sublimes en los estadios que en los museos, los hipódromos o en clase de matemáticas. La cuestión es si, del mismo modo que los que nunca han pisado un museo pueden admirar la elegancia de un cuadro de Sorolla sin necesidad de dedicar quince años al estudio de la pintura, es posible entender la elegancia del juego de Sócrates (el gran futbolista brasileño, no el filósofo griego), de Zidane, de Cruyff o de Xavi de forma inmediata y partiendo de la absoluta ignorancia futbolística. Yo creo que sí. Una de las ventajas del fútbol es que se parece más a la pintura que a las carreras de caballos y, sobre todo, no exige largos años de estudio para poder entender la elegancia del Barça de Guardiola o del Liverpool de Kloop. Y diría más. No es fácil entender la elegancia de un partido Inglaterra-Gales en el Torneo de las Seis Naciones, ni la elegancia del tenis de Federer, ni la elegancia de Alain Prost en una carrera de Fórmula 1, ni la elegancia del vuelo de un jugador de balonmano o la forma de apoyarse en el aire de un saltador de altura. Pero nadie tiene ninguna dificultad para entender la elegancia con la que el pie derecho de Beckmam acariciaba el balón (George Best decía que Beckham no tenía zurda, no sabía cabecear, ni recuperar balones y marcaba pocos goles, pero aparte de eso no estaba mal). Si usted es como George Steiner y quiere saber qué demonios es eso de la elegancia en el fútbol, no hace falta que se pase quince años estudiando las funciones elípticas. Basta con que se siente a ver el partido entre el Barça de los mil pases y el sorprendente Getafe o el partido en San Mamés entre el imprescindible Athletic Club y el no menos necesario Osasuna. La demostración del teorema de Fermat es elegante porque lo dicen nuestros matemáticos. El fútbol es elegante porque lo dicen nuestras tripas.

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