Suscríbete desde 3,99€/mes

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Tiene que llover

El modo de andar

Como es bien sabido el malvado Rubalcaba demoró su marcha de la secretaría general para no lesionar a la Corona en el proceso de relevo. Iglesias agitaba la marea podemita prometiendo acabar con el régimen de la Transición y empaquetar la monarquía. Casi nadie creía en la consistencia del propósito pero el heredero y su madre se tentaban la ropa. La permuta dinástica regateó el escollo y Rajoy escribió al respecto: «Su última e importante aportación fue contribuir al feliz resultado de la abdicación de don Juan Carlos y la proclamación de don Felipe. Pudimos disfrutar del mejor Rubalcaba, inteligente, discreto y prudente». Lo dijo, claro está, a su muerte. Pero el ojo de la historia lo ha resucitado tras ver entrar al hoy vicepresidente en la Zarzuela donde el único temor del rey era que Pablo lo abrazara hasta colgarse. Afortunadamente, parece que se contuvo.

El timonel socialista, de fajín republicano, hizo esa contribución en 2014. El sábado santo del 77, Adolfo Suárez, ya saben de qué fajín, se la jugó con la legalización del pecé para que esto fuera lo que tenía que ser, dos meses después de que unos criminales se llevaran por delante a quienes encontraron en el despacho laboralista de Atocha. Carrillo, que con células clandestinas había hecho lo que no hay en los escritos para que la querida España volviera a la senda del sano juicio, esperó fumando a que el osado mandatario le apartara el humo de la cara. Y es lo que logró Suárez, retirárselo, dejar que todo dios viese el rostro del comunismo importado y, cuando tocó, ensalzar la aportación del viejo zorro al juego que ansiábamos jugar. Así se construye un deseo compartido, no exento de riesgos y graves amenazas.

Hoy, con otros peligros sobre la mesa, se satanizan encuentros comprometidos, proliferan los ataques al de enfrente señalando que es nada menos que ¡comunista!, de dejar suelto al hijo de Suárez nunca se sabe qué es capaz de llegar a armar y, a estas edificantes aportaciones, luego van y le colocan el pin que remata la faena. Bonita forma de pensar en el bien común. Preciosa.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats