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Limónov

Ha muerto el escritor y político ruso Eduard Limónov, en Moscú y por causas que hasta ayer se desconocían. Se puede decir, eso sí, que, de haberlo pretendido, no hubiera encontrado un momento mejor para ello que en medio del virus. Él, a su manera, también fue un sujeto infeccioso. Poliédrico y estrafalario, pasó de disidente en la Unión Soviética a nacionalista bolchevique opositor en la nueva era Putin. Pero fue también muchas más cosas a lo largo de su vida: delincuente juvenil, punk en el Moscú de los sesenta y los setenta, vagabundo pendenciero en Nueva York, mayordomo de un millonario, autor de libros y panfletos, pistolero aliado de los serbios en Vukovar y Sarajevo, y político incendiario.

¿Les suena el personaje? Si no es así, está justificado. Limonov estuvo tantas veces en órbita como fuera de ella. Cuando ocurrió lo primero, las mujeres lo pusieron en el espacio, fundamentalmente las dos que jugaron un papel decisivo en su existencia: Elena Schapova, la joven modelo por la que abandonó a su primera esposa y que le acompañó en la Nueva York de los Liberman, y Natalya Medvédeva, también escritora y cantante, con la que vivió en París. También fueron ellas las que lo sacaron de la trayectoria espacial. La primera, hasta perder la conciencia en un zapoi kamikaze que lo llevó a frecuentar el lado más salvaje, las drogas y el amor nefando en los estercoleros con negros que calzaban velas del tamaño de un mortero y en hoteluchos de mala muerte.

Ahora seguro que quieren saber más cosas de la vida Limonov, que empezó a resultar atractiva cuando el magnífico escritor francés Emmanuel Carrère hizo de él un héroe detestable en un libro de una tensión narrativa como pocos, que lleva su nombre como título y que publicó hace unos años Anagrama. Lo mejor de Limónov es lo que extrajo de él Carrère. Una buena lectura para el confinamiento.

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