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Además de la plaga vírica que nos deprime, contagia y mata, existen teorías en torno a ella también infecciosas. Una, algo disparatada, es la guerra bacteriológica que corean, denunciando a Estados Unidos de haberla provocado, Irán, Maduro y algunos más. Según ellos, Washington habría liberado el Covid-19 como arma biológica para dominar el mundo a través de sus laboratorios y del mismísimo ejército. Otros, apuntan a la propia China como causante, por almacenar en los laboratorios de investigación vírica de Wuhan, curiosamente el lugar donde se produjo el brote, el arma biológica del coronavirus para un futuro programa de guerra.Tratándose de China la imposibilidad de hacerse daño a sí mismos y a propósito queda siempre reducida por el simplismo a los millones de chinos que sobran. Total, unos cuantos menos€ Por regla general, suelo estar más lejos de los que alientan las teorías de la conspiración que de sus negacionistas. Sucede de un modo especial en el caso de la supuesta guerra bacteriológica, cuando uno de los principales valedores de la tesis es precisamente Nicolás Maduro, tan insensibilizado con el dolor de su pueblo como como concienciado en su represión. Pero así todo, las teorías de la conspiración no pueden negarse simplemente por su enunciado conspirativo. La humanidad las ha sufrido colectiva e individualmente a lo largo de la historia. La historia es en sí misma una conspiración y muchos de sus protagonistas, terribles conspiradores. ¿Quieren los ejemplos? No es posible, para enumerarlos, sin entrar en detalles, tendría que disponer de las páginas de, al menos, una docena de los periódicos que estos días se encargan de trasladar información veraz y análisis a una población confinada por la amenaza del virus y confusa por el tsunami de las redes sociales. No lo habríamos perdido todo si de esta batalla pudiéramos extraer una buena lección sobre el valor de las noticias fiables y el peligro de la desinformación infecta.

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