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CORONAVIRUS

Virus de derechas, virus de izquierdas

Al igual que sucedió con la interpretación del sida, también hay una visión ideológica del coronavirus

El temor en los tiempos del cólera. Con ocasión del sida, sin duda el precedente más aproximado de convulsión global ante un virus, en los años ochenta se observó el cultivo de dos cepas simétricas del retrovirus. Ambas estaban apacentadas por impecables representantes de la clase médica. Había un virus de derechas, con ramificaciones religiosas, que castigaba prácticamente cada acto sexual no apadrinado por el Derecho Canónico con una infección mortífera. No era sexo o muerte, sino sexo y muerte. Este agente exterminador convivía con un virus de izquierdas más tolerante, al que los facultativos progresistas centraban en actividades muy concretas. Hablando en plata, no todo acto sexual errático obligaba a practicarse los análisis de seropositividad. La prostitución era reprobable socialmente, pero su castigo no era la pena máxima.

El enfrentamiento entre los VIH de izquierdas y de derechas propició escaramuzas entretenidas, en que los aspectos ideológicos se mezclaban con los virológicos. ¿Quién obtuvo la victoria? Según se mire, pero podría concluirse que ganaron quienes no tenían razón. Se impuso un pánico paralizante, en la línea derechista. No se traspasaron los límites del confinamiento ahora establecido. Sin embargo, el colegio de médicos suizos propuso que se marcara físicamente a los seropositivos, y con este tatuaje no se distanciaba de la ortodoxia conservadora en aquellos momentos. Los rastreadores de hemerotecas encontrarán, mediados los ochenta, proyecciones de centenares de millones de contagiados y de muertos. Prácticamente todas las regiones habían designado los centros hospitalarios que se dedicarían en exclusiva a la atención de los enfermos. Sí, el célebre colapso hospitalario.

Se selló una derrota con estrépito del virus de izquierdas, salvo que esas predicciones finiseculares nunca se cumplieron. Todavía hoy es impopular el recordatorio de las predicciones disparatadas sobre la progresión de una enfermedad que sigue vigente. El Sunday Times hoy de Murdoch fue la única cabecera de enjundia que se atrevió a refutar frontalmente las premoniciones apocalípticas, y lo pagó con una polémica que hubiera sido insostenible en las trincheras de las redes sociales. Los defensores de una visión menos estrecha, y de que no se arrojara el sexo por el desagüe con el agua del baño, callaron porque la mortandad de una generación de jóvenes coartaba el debate.

La normalidad se impuso, y hoy se convive con el sida como si el sida no existiera. El ataque indiscriminado del coronavirus, transmitido sin necesidad de un intercambio sanguíneo, parece haber suscitado la unanimidad en su abordaje radical. Es una conclusión ficticia, ocasionada de nuevo por la imposición de una concepción ideológica sobre otra. Vuelven a competir el virus socialdemócrata y el virus ultraliberal, aunque el segundo se bate de momento en retirada. No por mucho tiempo porque, en esta crisis definida por los partidos de fútbol a portería cerrada, nadie se ha preocupado en calcular qué grado de erosión económica puede soportarse democráticamente. Quienes temblaban por una caída bursátil en décimas de punto, se muestran impávidos ahora ante desplomes en dobles cifras. Se enfatiza la solidaridad, pero un observador no amenazado por el contagio advertiría una victoria del Covid-19.

El virus ultraliberal está agazapado, pero firme en sus argumentos. Su mejor ejemplo son las predicciones de Goldman Sachs, tan discutido desde que las generosas minutas de este banco de inversiones le costaron la presidencia a Hillary Clinton. Se aferra pese a ello al impacto de una crisis tolerable. Se atreve incluso a una distribución benévola de los enfermos, con un 85 por ciento que solo desarrollarán los síntomas de un resfriado común, un 15 por ciento que combatirán el coronavirus como si fuera una gripe, y un cinco por ciento con complicaciones necesitadas de atención especializada o que pueden resultar fatales.

Goldman Sachs se atreve incluso con un avance de los cientos de miles de fallecidos que puede arrastrar la epidemia. Efectúa aquí la distinción que se está instalando entre "morir por el coronavirus" y "morir con el coronavirus". Destaca por ello en este capítulo funesto que las muertes no deben sumarse a las habituales, sino que quedarán solapadas al acelerar otros procesos patológicos. Y dado que el liberalismo es optimista por naturaleza, y que la banca ha de defender la permanencia de su negocio, la película de terror acaba bien. Los analistas que acuñaron el concepto de BRICs para los países emergentes anuncian que el desenlace no se ajustará al patrón de la crisis de Lehman Brothers de 2008, sino al 11S de 2001. A saber, una recuperación rápida, integral y comieron perdices.

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