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Mercedes Gallego

Opinión

Mercedes Gallego

Lecciones de vida

Mi abuela murió de vieja y era más lista que el hambre. No en vano vivió una guerra, una postguerra, años de penurias y escaseces y salió airosa de todo. Quizá por eso, o tal vez porque le venía de serie (en aquellos tiempos no se estilaban los test de inteligencia) atesoraba una sabiduría que dejaba caer como quien no quiere la cosa. Pequeñas perlas que soltaba mientras preparaba unas gachas, lavaba la lana de los colchones en lo que entonces era un río o le zurcía los pantalones a mi abuelo. No porque no tuviera para comprar otros, sino porque la necesidad de los años difíciles se le había incrustado en la piel y ya era imposible desprenderse de ella. Su economía era de guerra aun cuando ya habían llegado los tiempos en que podía haber sido de paz. «Quien guarda, encuentra», me decía con tranquilidad mientras enhebraba la aguja y respondía a mis preguntas de niña (siempre he sido muy preguntona) de por qué se empeñaba en estañar una olla que se caía de vieja, o en echar otro remiendo en una camisa donde ya no cabían o en pegar de nuevo el asa de una taza de cerámica que se había ganado con creces la jubilación.

De aquellos interrogatorios infantiles pasé a los efluvios hormonales de una adolescente que se pasaba el día soñando con las musarañas e implorando a los dioses que se cumplieran todos sus deseos. «Cuidado con lo que pides, no vaya a ser que se te cumpla», me soltó en lo que yo interpreté como una bendición divina sin alcanzar a desmenuzar en ese momento lo que la letra pequeña encerraba. O como cuando ante un dolor que me creía incapaz de superar me soltó sin inmutarse: «Claro que puedes. Que no nos pase todo lo que somos capaces de soportar». Por eso sé que saldremos de esta. Aunque sea duro. Porque me lo enseñó mi abuela que, como ya les he dicho, pasó un guerra y a inteligente no la ganaba nadie.

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