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El indignado burgués

La sublimidad en tiempos del bicho

En esta «Primavera del Bicho» no se puede ser sublime sin interrupción, ya se lo digo yo. Es imposible; por mucho que intentes pasar como el rayo de sol a través de un cristal, sin romperlo ni mancharlo, metáfora brillante perpetrada por el Espíritu Santo para hacer comulgar con ruedas de molino al bueno de San José.

Tomemos como ejemplo una rima de Becquer: «Del salón en el ángulo oscuro/de su dueña tal vez olvidada/silenciosa y cubierta de polvo/veíase el arpa». Y luego sigue con las notas que dormían en sus cuerdas y la espera de la mano de nieve que sabe arrancarlas y tal y tal. Hasta ahí bien, te imaginas que una mano (o dos) se pondrán a tocar el concierto número 6 para Arpa de Haendel y la música envolverá el salón, que ya tiene que ser grande para a) tener un rincón oscuro y b) que le quepa un arpa, que es un trasto voluminoso lleno de volutas y archiperres.

Les cuento mi realidad. Es verdad que al fondo de mi estudio está el piano lleno de polvo y cierto es que andaba más olvidado por su dueño que la poesía de Pemán. Y que mis manos, sin ser de nieve, se veían más limpias que la patena después del abuso de gel hidroalcohólico. Hasta ahí Becquer iba encaminado, desde ahí la curva diverge.

El polvo no desaparece porque trates de arrancar las notas que duermen en sus cuerdas, con lo que armado de ungüentos, aceites y cepillo de dientes procedes a una somera limpieza de tapas, teclas y clavijas. Multipliquen 88 teclas por sus correspondientes cuerdas, clavijeros, martillos, fieltros y chismitos varios y verán que hay tajo. Ítem más súmenle la limpieza del mueble que, por más que sea vertical y no de cola, tiene su miga y más rincones que el salón de la amiga de Becquer.

No les quiero aburrir con detalles pero, al final de la tarde, la mano de nieve tenía las uñas como minero del carbón en el pozo María Luisa. Cuéntenme cómo se puede ser sublime en estas circunstancias, porque a mí no me sale.

Es como lo de vestirse para soportar el encierro y que la normalidad sea la norma. El primer día voy todo decidido a mi vestidor y descuelgo un chino beige, una americana azul, una camisa blanca y perdono la corbata, que tampoco hay que abusar. Me calzo unos mocasines y entonces advierto con perplejidad que no tengo ningún sitio donde ir y que excepto mi gato Aramis, que me otorga el beneficio de la duda, el resto de habitantes de mi casa me miran como a alguien atacado de locura, siquiera temporal, y no llaman al frenopático porque los pobres ya tienen bastante con lo que les está cayendo.

Porque ser sublime sin interrupción con chándal, aunque sea de marca de reconocido prestigio, resulta imposible si no tienes los músculos de Cristiano Ronaldo, que, no hay ni que decirlo, no es mi caso. A ver qué invento, ya les contaré. Y cuídense que, como dicen en una serie, ahí fuera no reparten golosinas.

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