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Solo faltan 359 días

No. Hoy no verás esa estampa de los puestos en la Plaça de Baix con esas reconocidas estructuras amarillas donde se apoyaban tantas palmas y tantos ramos. Ni te llenarás de ese olor que desprende el lugar, que poco podía disimular, que el domingo iba a ser un día de fiesta. Domingo de estrenos. ¡Domingo de Ramos!

Tampoco, desde hace días no habrás visto en los escaparates de las papelerías e imprentas las aleluyas puestas en abanico anunciando allí su venta, cuando ya se te ha olvidado pasear. Ahora, te es más familiar el pitido del código de barras en la caja del supermercado que el canto de los pájaros.

No vas a escuchar dentro de una semana ese chirriante sonido que recuerda que por ahí pasó una procesión, provocado por las ruedas de los coches al pisar la cera que cayó de las velas. Tampoco has vuelto a sentir el ruido lejano por allí, donde queda la bandera en el paseo de la estación de alguna banda de tambores que ensayaba para su procesión.

¡Tranquila, mujer!, para este domingo no hace falta que te compres dos o tres pares de medias. Y no esperes ver nuestra ciudad de Elche en la tele. Dadas las circunstancias, no sería bueno. Espérate la última víctima, cómo han crecido el número de afectados o lo más ansiado? cuántos se habrán curado.

Esta será una semana distinta. Santa, sí, pero distinta. No veremos los pasos. En la calle del Salvador no verás los letreros doblados. Ni en la Corredora un montón de cáscaras de pipas por el suelo. Ni sillas plegables o viejas de salón o de cocina atadas con un cordel. Tampoco van a rozar estos días el cielo los globos de helio anudados en un carro.

No habrá encuentros. Ni solemnes escenas de militares escoltando los pasos. Tampoco verás los bares llenos. Ni las heladerías, que se te habrá olvidado, que ya había llegado su tiempo y tendrían que haber abierto.

Nadie te va a entregar una estampita. Ni lo más preciado de estos días, una flor de la Virgen o del Cristo que viajaba en sus tronos. En sus pasos.

Las rosas podrán cortarlas para otros momentos de la vida, pero no para el del tema de esta lectura que ahora te ocupa, porque no habrá petaladas que le sirvan a la Virgen de alfombra.

¡Alfombras! Ni la Real Fábrica de Tapices podría nunca lograr ni los metros de hilo ni el color que tapizan nuestras calles en el otro domingo que trae el aroma de mona.

Las saetas se quedarán dormidas en la garganta y los costaleros no se darán ese beso o ese abrazo nada más salir de bajo el paso cuando su procesión ya ha llegado.

Todo esto se ha quedado en un segundo plano. Ni siquiera cuenta como quemadura de primer grado en la piel del sentimiento del cofrade. En Semana Santa celebramos la vida. Y en estos días hay personas, que se cuentan por miles, que la pierden y en decenas de miles que la defienden.

Sin alterar el confinamiento acompañaremos, estos días de cuarentena, a nuestras imágenes por sus calles del barrio de los recuerdos. Nos convertiremos en capataces y con el martillo de la oración llamaremos a cuadrillas de ángeles para que le lleven al Señor un solo mensaje: ¿Hasta cuándo? Y mientras contesta, seguiremos pidiendo: ¡Salud para los enfermos!

A partir de ahora, cuando la gente de la Semana Santa te resuma su vida cofrade podrás oírles decir algo similar a esto: «yo llevo saliendo toda la vida, del año ni me acuerdo, pero menos una vez que llovió y el año del virus, he salido toda mi vida en la procesión».

Y mientras pasa la vida y llegan días alegres con la cicatriz de este desastre, seguiremos vestidos de cuaresma, que es el pijama de los cofrades. Soñando. Durmiendo despiertos y esperando lo que no termina de llegar. Y con él nos quedaremos todo el año puesto, en esta eterna cuaresma que acaba de empezar hasta el próximo domingo, 28 de marzo. Será, entonces, el Domingo de Ramos que todos merecemos y esperamos.

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