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Toni Cabot

Postales del coronavirus

Toni Cabot

La distancia ya no es el olvido

Superados los cuarenta días de la cuarentena intuyo que a estas alturas estamos más preparados para iniciar la desescalada en el regreso a la normalidad de lo que imaginamos. Tal reflexión vino a la mente nada más salir del recinto de Santa Faz el pasado jueves, a donde acudí tras abandonar por unos minutos el confinamiento para poder escribir sobre una jornada singular e insólita en Alicante. En la plaza de acceso al monasterio me reencontré con varios compañeros con los que no coincido desde que comenzó la pesadilla, entre ellos algún amigo de los de siempre, de esos que incluyes en el grupo del abrazo efusivo si el reencuentro sobreviene tras un prolongado periodo de ausencia. Ese era el caso, pero el proceder al encontrarnos frente a frente fue bien distinto. No fue necesario mediar palabra ni advertencia para evitar inocentes despistes. Independiente de la alegría del momento, el reencuentro se celebró con el choque de codos. Y, acto seguido, quedó marcada esa distancia de metro o metro y medio, con naturalidad, sin que ninguno de los dos cayera en la cuenta de advertir sobre esa nueva ley no escrita.

El confinamiento nos ha marcado el camino. Este largo mes, aislados con el monotema del coronavirus golpeando a todas horas, nos ha instruido de tal forma que se han interiorizado normas y conductas que han quedado tatuadas en la frente. Salir a la compra sin mascarilla es como hacerlo en pelotas, inimaginable. Tocar cualquier producto del supermercado o teclear los botones del cajero sin la protección de los guantes, inconcebible. Calculamos distancias para evitar roces en superficies comunes y ya no cargamos papel higiénico en la cesta como si fuéramos a pasar la cuarentena en el cuarto de baño. Puede, en definitiva, que salgamos de este largo encierro más civilizados que cuando entramos.

Hasta ahora todos conocíamos el afecto como la cercanía física, el tacto, pero el chip ha cambiado para dictar que, en este periodo, la distancia se identifica con el amor, no con el olvido. La aplicación de las reglas generadas a partir del «Quédate en casa» ha ido calando, al tiempo que va quedando claro que no se admite relajación. Dejar atrás esta pesadilla va a tener mucho que ver con la disciplina y la aplicación de las reglas que hemos ido asimilando. Mientras no llegue la vacuna, es la única forma de salvar vidas, comenzando por la propia.

Y si alguien no acata las normas quedará señalado puesto que no serán únicamente las Fuerzas de Seguridad quienes se encarguen de censurar las conductas impropias. Muestras de ello hubo durante el confinamiento, espacio en el que se ha visto que es la propia sociedad la que no permite comportamientos impropios que amenacen al resto. La insensatez no tiene cabida. Así pues, prudencia, mantengamos bien colocado el barbijo mientras llega la vacuna. Y cuando esta aparezca recuperaremos el tiempo perdido con esos abrazos y achuchones que aguardan aparcados. Tanta cosa el coronavirus no va a ser capaz de cambiar.

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