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Matías Vallés

El imposible reconfinamiento

El inexorable segundo principio de la termodinámica se entiende a la perfección con una comparación dentífrica. En efecto, intente introducir de nuevo la pasta de dientes que ha expulsado del tubo, para apreciar la dificultad de la recuperación del orden. Pocos sabrían describir cómo se logró embutir inicialmente el recipiente de crema, pero a nadie se le escapa la dificultad de repetir la experiencia. Traducido al lenguaje del coronavirus, conviene que el Gobierno logre sus objetivos en este confinamiento, porque no gozará de una segunda oportunidad. Tras la primera fase de inhibición ante la pandemia, el Gobierno gritó «¡Fuego!» en un teatro lleno, un truco infalible cuando se acompaña de militares entorchados pero del que no conviene abusar. La alarma no puede sonar indefinidamente, el Ejecutivo ha agotado su crédito y el reconfinamiento se adivina imposible. La recuperación a plazos de la vía pública no implica que el encierro sea reversible, salvo que se quiera transformar a la multitud en turbamulta. El crédito del pánico se ha agotado, sin confirmar siquiera la magnitud del incendio anunciado cuando ya había ardido medio edificio. Pese a la evidencia entrópica, Sánchez postuló ante el Congreso una desescalada «lenta», «prudente» y sobre todo con «pasos atrás». Le conviene cerciorarse de que su Ejecutivo no sea pisoteado por ese retroceso, desde la voluntad de seguir asfixiando la libre circulación sin resultados de eficacia contrastada. El «habría sido peor sin un confinamiento radical» ha quedado muy magullado, en el país peor situado en las estadísticas planetarias. Geografías que llegaron antes o después a la pandemia ya están implicadas en la reconstrucción económica. Madrid, donde se concentra el desastre, sigue embarcado en la fase inicial de corte exclusivamente sanitario. Después de seis semanas de un arresto domiciliario de dudosa constitucionalidad, el Gobierno sigue sin mostrar una sola carta ganadora. El dilema esencial no atiende a las curiosidades de baile de salón de la desescalada con o sin bares, sino a las cifras de víctimas mortales y de nuevos contagios que la sociedad considera aceptables para arriesgarse a retomar la convivencia. En la actualidad, los niveles están en cuatrocientos muertos y cuatro mil enfermos al día. Cien mil fallecimientos y del orden de medio millón de infectados al año, frente a las 400 mil defunciones habituales en España durante dicho plazo. El Gobierno persigue los bulos con mayor ahínco que los virus. Nietzsche ya advirtió del peligro de que los cazadores de monstruosidades acaben convertidos en monstruos, así que el Ejecutivo ha adoptado con los niños la misma política que los militantes antivacunas. Si existe un riesgo ínfimo de que uno de los paseantes sufra el contagio, se les retira el paseo a todos, al margen de que en la actualidad no haya ningún menor de quince años fallecido por la pandemia en España. Aplicado a gran escala, el exigente criterio gubernamental supone la consagración de un confinamiento infinito, cuando menos tan dañino como sus presuntas ventajas. La tantas veces evocada Corea autorizó y reguló los paseos de los niños desde el primer momento, sin pagar un precio en contagios por una medida que en España se contempla con la ansiedad de la liberación del París nazi. La agilidad con la que se produjo la voltereta del relajamiento de los paseos infantiles demuestra la endeblez de los argumentos sanitarios para restringir la movilidad. Sin necesidad de propalar un bulo perseguible por la Guardia Civil, la elasticidad obliga a reflexionar si el Gobierno combate con la energía suficiente la tentación de prolongar la alarma para confinar la crítica. Sánchez no debería facilitar las críticas de los ultraliberales de salón como Vargas Llosa, Aznar y Cayetana Álvarez de Toledo, indignos en cuanto que serán los primeros en acusar al Gobierno de asesinato si no fructifica el desconfinamiento. Además de amnésicos, por no equiparar las veleidades de Madrid con las frivolidades de Berlín, donde su admirada Angela Merkel también modificó de la noche a la mañana sus opiniones sobre el cierre anticipado de los colegios y la obligatoriedad del uso de mascarillas. Recíprocamente, Alemania puede vanagloriarse de haber doblegado al coronavirus, algo que todavía no ha ocurrido en España. Una de las frases más alentadoras de los últimos tiempos propugna que «el pasado no tiene que definir el futuro», lástima que provenga de Donald Trump. Sin embargo, lo nuevo no acaba de nacer, y el Gobierno parece más preocupado por las repercusiones políticas del desconfinamiento que por los riesgos sanitarios de la vuelta a la vida en comunidad. Le sobran los motivos.

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