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La papeleta

El año que el Botànic nunca imaginó

Hace ahora exactamente un año, Ximo Puig se levantó después de la jornada electoral del 28 de abril con la seguridad de que tenía en su mano un segundo mandato al frente del Consell. Los socialistas crecían hasta convertirse casi tres décadas después en la primera fuerza del parlamento valenciano. Podían volver a formar gobierno con Compromís, estancado en votos y con dos escaños menos. Y como ocurrió en 2015, la aritmética volvía a conceder a Podemos, a pesar de sufrir un apreciable retroceso, un papel determinante para garantizar la mayoría parlamentaria. A diferencia de entonces, en esta ocasión y como habían clarificado durante la campaña, no tenían la intención de dejar pasar la oportunidad para entrar en el Consell. Era la primera vez en la historia que el presidente de la Generalitat, en este caso Puig, utilizaba la prerrogativa que se incluyó en la reforma del Estatuto de Autonomía de 2006 para disolver el parlamento y convocar elecciones en una fecha diferente al cuarto domingo de mayo, cuando se celebran los comicios de los territorios que no cuentan con ese mecanismo. El jefe del Consell utilizó ese resorte con habilidad a pesar de la herida, todavía sin cerrar, que se abrió con sus socios de Compromís. Unió los comicios valencianos con las generales, maniobra que al final le facilitó a la izquierda una segunda mayoría, aunque más justa, en el hemiciclo del Palau dels Borja.

Fue una negociación muy complicada. Larga, dura, interminable. Y resuelta casi en el último suspiro con un café a tres bandas entre Puig, Mónica Oltra y Rubén Martínez Dalmau en el Palau de la Generalitat una hora antes de que el líder del PSPV ofreciera su discurso de investidura en las Cortes para garantizarse un segundo mandato. Un acuerdo que se firmó en el Castillo de Santa Bárbara como «Pacte d'Alacant» pero que nunca se conocerá así. Entonces arrancó un año que culmina ahora. El año que nadie imaginó nunca en este Botànic II, el nombre que finalmente ha hecho fortuna para identificar la alianza. Un año marcado por catástrofes naturales como la del pasado mes de septiembre en la comarca de la Vega Baja y por una epidemia que ha puesto a prueba la capacidad de gestión del autogobierno.

Nadie lo esperaba. Lo ha reconocido el propio Puig tanto a los periodistas como en la tribuna de las Cortes. Y también Oltra en la entrevista que concedió el pasado fin de semana a este periódico. «Pensé en algún momento que podíamos sufrir alguna catástrofe natural. Pero no una cosa así», señaló. De la DANA a Gloria y, finalmente, la alerta sanitaria más grave del último siglo. Todo eso ha condicionado al Consell del Botànic para desplegar su propia agenda en un arranque que, por ejemplo, trajo a Alicante, por vez primera en casi cuatro décadas, la sede de una conselleria. Y esa agenda, en los tres años que restan de legislatura, tendrá ahora que mutar para adaptarse a otro escenario. Ni los objetivos, ni el relato, ni los presupuestos serán iguales. El año que nunca nadie imaginó pero que todo lo cambiará.

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