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Joaquín Rábago

Opinión

Joaquín Rábago

¿Por qué no aparecieron de pronto los loqueros?

He estado siguiendo en directo por televisión las ruedas de prensa en las que el inverosímil presidente de EE UU, Donald Trump, daba diariamente cuenta de los logros de su equipo en la actual guerra contra el coronavirus.

Sin duda la más estrambótica de sus presentaciones, la que dio la vuelta al mundo, fue aquélla en la que el presidente sugirió sin el menor rubor a sus expertos que investigaran si la inyección en el organismo de detergentes caseros o la exposición a los rayos ultravioletas podían servir para frenar al virus.

Pensé inmediatamente en la película titulada La locura del rey Jorge, en torno a aquel monarca británico aquejado de una enfermedad mental al que tuvieron que colocar un día una camisa de fuerza en vista del agravamiento de su mal.

Y me pregunté si en algún momento de aquella comparecencia ante los medios iba a aparecer de pronto en la sala un equipo de loqueros vestidos con batas blancas para llevarse a un presidente que parecía delirar en voz alta.

Pero nada de eso ocurrió: Trump siguió hablando con desparpajo de sus remedios caseros contra el coronavirus mientras a un lado del escenario su asesora científica, la doctora Deborah Blix, parecía, a juzgar por sus gestos, sentir vergüenza ajena.

No sólo no aparecieron, pues, los loqueros, sino que, al final de la perorata del presidente, se pasó al turno de preguntas de los periodistas acreditados ante la Casa Blanca, y Trump, siempre fiel a sí mismo, tuvo la ocasión de demostrar una vez más el desprecio que siente hacia los medios que le critican.

«Yo soy el Presidente y usted es fake news», espetó, por ejemplo, a un periodista cuya pregunta no le había gustado. Los veteranos corresponsales en la Casa Blanca están ya acostumbrados al maltrato verbal a que los somete diariamente Trump y saben mantener en todo momento la calma.

Al día siguiente, el presidente, o quien le asesora, si es que Trump escucha a alguien, dio marcha atrás y declaró con el mayor desparpajo que su sugerencia sobre la posible eficacia de los detergentes y la luz ultravioleta frente al virus había sido sólo una pregunta «sarcástica».

Algunos medios, entre ellos la cadena de televisión CNN, le acusaron entonces de «mentir» con su retractación, pero aquellas irresponsables palabras habían tenido mientras tanto consecuencias: autoridades y servicios sanitarios a lo largo y ancho del país se habían visto bombardeados con preguntas de los ciudadanos sobre las extravagantes sugerencias del presidente a su equipo de expertos.

Tras un paréntesis de tres días, en el primero de los cuales Trump se negó a contestar a los periodistas y en los dos siguientes ni siquiera compareció ante los medios, la Casa Blanca volvió a convocar una rueda de prensa que el presidente utilizó para una de sus nauseabundas sesiones de autobombo.

No sólo estaba realizando EE UU millones de tests del coronavirus, muchos más que el resto de los países juntos, a los que además Washington estaba ayudando con sus consejos y el envío de material sanitario, sino que el último trimestre del año iba a ser absolutamente brillante desde el punto de vista económico puesto que gracias a su liderazgo, EE UU había «construido la mayor economía de la historia».

Si el comportamiento de Trump ha sido errático desde que pisó la Casa Blanca, lo está siendo o todavía más con la irrupción del coronavirus. El crecimiento galopante del desempleo y la quiebra de empresas amenazan con arrebatarle el único triunfo que tenía hasta ahora para su reelección. De ahí que se refugie más que nunca en esa realidad paralela en la que mantiene además cautiva a cerca de la mitad del país.

Confiemos en que este presidente narcisista, que a diferencia de sus predecesores en la Casa Blanca se ha abstenido hasta ahora de invadir otros países para deshacerse de regímenes adversos y sólo ha recurrido al arma económica, igualmente letal pero que tiene para EE UU la ventaja de causar sólo bajas ajenas, no se decida en el último momento, en su desesperación, por una aventura militar del tipo clásico. El Golfo Pérsico podría ser, según algunos, el escenario más verosímil.

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